Pasadas las siete de la noche, sonó el teléfono. Don Eugenio y doña Honoria cenaban.

            ‑Debe ser Escolástico ‑dijo, doña Honoria, levantándose a contestar‑. Ya me tenía  preocupada el patojo, ese.

            ‑Espera, yo contestaré. Tú, sigue comiendo.

            ‑Gracias. Debes hablar con él, sale a la una de la universidad y mira a la hora que no llega.  Que no sea desconsiderado, por lo menos debe de avisar, para eso se le compró el celular.

            ‑Tienes razón, hablaré con él.

            Don Eugenio llegó a la mesita en donde estaba el teléfono y contestó.

            ‑Aló.

            ‑¿Estará don Eugenio?

            ‑Él, habla.

            ‑Vea, señor ‑dijo la voz con la calma y la amabilidad estudiada de quien tiene los ases en la mano‑, tenemos a su hijo, lo hemos secuestrado y si desea volver a verlo con  vida le costará un milloncito de quetzales.

            ‑¡Déjese de bromas!  ¿Quién habla?

            ‑Por lo visto, uno, no puede ser amable, porque lo hacen de menos. Pues bien, ¡viejo,  mierda! Tenemos a tu hijo y si querés volver a verlo, te costará un millón de quetzales. No le avisés a la policía. No se lo comuniqués a nadie o no hay trato, pero si un inevitable velorio.  Esperá nuestra próxima comunicación.

            El negociador, colgó, sin esperar la respuesta de don Eugenio.

            ‑Aló. Aló, ¡conteste!

            La única respuesta fue la de la señal telefónica.  Don Eugenio se quedó petrificado, con el teléfono en la mano, como tratando de asimilar el mensaje.  Luego, colgó el  aparato y se dirigió hacia donde se encontraba su esposa, caminó despacio, ajeno a todo lo que lo rodeaba. Aun no creía que, a él, le estuviera pasando esto. Es cierto que los secuestros se han generalizado por todo el país, pero siempre se piensa, al igual que con la muerte, que a cualquier persona le puede pasar, menos a uno. Y de repente allí estaba, inmerso dentro de algo para lo cual no se hallaba preparado.

            ‑¿Quién era? ‑interrogó, Honoria, al ver que su marido se encontraba como ido y no daba señales de hablar.

            Las palabras de su mujer lo sacaron del pozo negro en que lo sumergió la noticia.

            ‑Honoria ‑le dijo‑.  ¡Han secuestrado a Escolástico!

            ‑¿¡Qué!? ‑interrogó la señora, poniéndose de pie. Los cubiertos dejaron escapar un sonido metálico cuando cayeron sobre el piso cerámico, importado de Italia.

            ‑¡Que han secuestrado a Escolástico!  Me lo acaban de comunicar por teléfono.

            ‑Pero... pero, ¿quién?. ¿Qué te dijeron? ¡Dímelo!

            ‑Cálmate. Siéntate, por favor y conservemos la calma.

            ‑¿Cómo quieres que me calme? ¡Se trata de mi hijo! ¿Qué te dijeron? ¿Qué piden? ¡Habla, por el amor de Dios!   

             ‑Mira, te suplico que te calmes. No me dijeron mayor cosa. Sólo, que lo han secuestrado, piden un rescate y que hablarán mas tarde.

            ‑Hay que llamar a la policía de inmediato ‑dijo doña Honoria, encaminándose en dirección al teléfono.

            ‑¡Espera!  Que me advirtieron que no llamara a la policía y que si lo hacía, no lo volveríamos a ver con vida.

            ‑Entonces, no la llamemos. Pero, ¿qué vamos a hacer?

            ‑De momento, a esperar que nos llamen.

            ‑Oremos ‑sugirió, doña Honoria‑. Dios, nos ha de ayudar.

 

            La preocupación, se adueñó de la madre, quién le reiteró a don Eugenio,  que no diera aviso a la policía, pues, temía por la vida de su hijo.

            ‑El dinero, se repone ‑le dijo‑, pero la vida, no.

            ‑Pero, mujer, piden ¡un millón!. Te das cuenta, ¡un millón!.

            ‑¡Y qué!  Acaso porque no es tu hijo, ¿es más importante el dinero que su vida? ‑lo interrogó, desafiante, como poniendo a prueba su amor, sino por el patojo, por ella.

            ‑No es eso, mi amor. Toma en cuenta que es el fruto de muchos años de mi trabajo ‑de inmediato rectificó y amplió‑, de nuestro trabajo.  Tanto sacrificio, para que unos mal nacidos se lo lleven en un abrir y cerrar de ojos, y a lo mejor, de todas maneras matan a nuestro hijo y nos dejan en la calle.

            ‑En los momentos difíciles se conoce la nobleza de los hombres ‑presionó la madre, con ojos suplicantes‑. El dinero lo podemos recobrar trabajando, después de todo el  negocio está en marcha y prospera.

            ‑Pero... ‑trató de argumentar don Eugenio, pero no lo dejó continuar.

            ‑La vida humana no tiene precio, principalmente cuando se trata de un hijo.  ¡Tenemos que pagar!.

            ‑Bueno ‑cedió el hombre‑, pero, esperemos a ver que dicen, de repente logramos  una rebaja.

            ‑¡Rebaja! Si no es de verduras, de las que estamos discutiendo ‑replicó, con enfado‑. Estamos hablando de la vida de mi hijo.

            El llanto se apoderó de la afligida madre, mientras el padrastro la contemplaba y le aseguraba que todo iba  a salir bien, aunque en su interior le dolía pensar en la pérdida de todos sus ahorros, en tanto el efectivo que poseía en el banco no llegaba a la suma requerida.

 

            Transcurrió la noche y el teléfono no volvió a sonar.  La angustia crecía. Los cónyuges dormitaban pero no podían descansar ante la incertidumbre y además,  esperaban que de un momento a otro los secuestradores se comunicaran con ellos.

 

            Dos días pasaron, sin recibir ninguna comunicación de los delincuentes. Cada vez que el teléfono sonaba, era un sobresalto para los esposos.

 

            No cabía duda que los secuestradores conocían su oficio y estaban dando tiempo para que la incertidumbre alcanzara la magnitud de la desesperación, y de esa manera encontrar la fruta madura y cosechar.

            Al mantenerse bloqueado el camino para toda comunicación, venía a ser como, una llave cerrada que evitaba que la presión a que estaban sometidos escapara y diera paso al desahogo.

 

            Al fin, llamaron.  Al filo de las nueve de la mañana, la campanilla del teléfono los hizo saltar.  Honoria, se apresuró a responder, pero le indicaron que sólo hablarían con don Eugenio.

            De inmediato le pasó el teléfono.

            ‑¡Viejo cabrón! ¿Así te gusta que te traten, verdá? –le dijo la voz del negociador, con burla‑. Ya estás convencido de que tenemos a tu hijito del alma.

            ‑Sí. Está bien, les creo. ¿No le han hecho daño, verdad? 

            ‑Bien dijo el insigne maestro e inspirador de juventudes: Al Capone, que se logra más con una sonrisa y una pistola, que con una simple sonrisa ‑dijo el negociador, con manifiesta burla.

            ‑Por el amor de Dios, no juegue y respóndame, ¿el patojo, está bien?, ¿no le han hecho daño?

            ‑No, viejito. La mercadería se cuida ‑le respondió, con el cinismo de quién domina la situación.

            ‑Hablemos ‑suplicó‑, no vaya a colgar.

            ‑No te preocupés, ruco. Sabemos que te has portado bien y que no le has comunicado nada a nadie.  Ya ves, como estamos enterados de todo. Seguí así y pronto tu problema estará resuelto.

            ‑Respecto al dinero, no tengo la cantidad que me piden.  Es mucho.

            ‑No seas llorón. ¡Viejo, mierda! Sabemos que sos fichudo.

            ‑Es cierto, no le miento. Tal vez con sacrificios logre reunir quinientos mil, pero un millón, ¡imposible!

            ‑No es lo que digo, pues.  Llorón, el ruco.

            ‑No puedo pagar más, es la pura verdad.

            ‑Ya basta de teatro, viejo, mierda. Antes de entrarle al negocio, investigamos al cliente y sabemos que tenés en el banco ochocientos mil morlacos. A alguien de tu posición no le es difícil conseguir doscientos mil más.  Pensalo. Te llamaremos después.

             El negociador, colgó.  Don Eugenio, quedó desconcertado, los delincuentes estaban bien informados.  No se puede jugar con ellos y tomó la decisión de llamar a la policía.

            Cuando doña Honoria se dio cuenta, la policía estaba en su casa, ya nada podía hacer para impedir su participación. Sólo le quedó el consuelo de recriminar a su esposo, diciéndole:

            ‑¡Si algo le pasa a mi hijo, serás el responsable de ello!

 

            Cuando los secuestradores se comunicaron de nuevo, el teléfono estaba intervenido, conectado a una grabadora y a dos secundarios para escuchar la conversación y de ser necesario darle instrucciones a don Eugenio.

            ‑Bien, viejo, ¡hijo de la gran puta!, Ya sabemos que le avisaste a la policía. Como que no querés volver a ver a tu hijo en una sola pieza.

            El sargento de la policía, que escuchaba en uno los teléfonos secundarios, le indicó a don Eugenio que alargara la conversación. Tratarían de localizar el teléfono desde el que hace la llamada.

            ‑Seré breve ‑anunció, el negociador‑. El trato hay que cerrarlo pronto o se cancela. Te la vamos a poner fácil, aceptaremos los ochocientos mil que tenés en el banco. Esperamos que estés de acuerdo, que no cometás más errores y que no des lugar a que te mandemos como muestra de nuestra seriedad, un dedo de tu hijo o peor aún, una mano. Te volveremos a llamar.

            ‑¡Espere, no cuelgue!

            Pero, el negociador colgó.

            La policía, sólo pudo detectar que la llamada se hizo desde el celular del secuestrado. No era suficiente para localizarlo. La llamada se pudo haber efectuado desde  cualquier lugar y luego deshacerse  del aparato.

 

            La angustia de la madre aumentó, desde que intervino la policía. Ante el temor que maten a su hijo, presiona a su esposo para que pague el rescate.

            Don Eugenio, mantiene una lucha interna, sin cuartel, que no le da un momento de paz.  Desprenderse del dinero, para cubrir el rescate, le duele tanto, como si le arrancaran el corazón, con lentitud y sin anestesia.

 

            La policía se mantuvo atenta día y noche, e instruyó a don Eugenio sobre el comportamiento que deberá observar cuando los secuestradores se comuniquen con él: Lo primordial,  que permanezca en calma, finja docilidad y prolongue las conversaciones lo más que pueda. No debe responder a los insultos y de ninguna manera conviene que diga algo que exaspere a los secuestradores, además de otras recomendaciones que serían de utilidad para las investigaciones.  Que los secuestradores cometan un error, es la esperanza de la policía.

 

              Se concretó el arreglo con los secuestradores. Don Eugenio, aseguró a los delincuentes y a su esposa, para tranquilizarla, que la policía no  iba a intervenir durante el pago del rescate. Pero, ante las indicaciones policíacas de que el pago no garantizaba la libertad y la vida del secuestrado, les comunicó todo. La policía, le aseveró a don Eugenio, que actuaría con todo cuidado para no poner en peligro la vida de Escolástico y además, le dijeron, que tuviera confianza en la experiencia y la profesionalización alcanzada por la Institución.

 

            Don Eugenio, llegó con los fondos del rescate al punto convenido. El lugar estaba desierto y cumpliendo con las instrucciones, dejó el bulto con el dinero y se retiró.

 

            Más tarde, la policía le comunicó a don Eugenio que, la persona que recogió el dinero, había sido capturada y que su hijo estaba sano y salvo. Pero, que tenían que  comunicarle algo muy delicado.

            Se trataba de un auto secuestro. La persona que hizo las llamadas telefónicas y recogió el rescate era un amigo de su hijo y ambos estaban en contubernio para sacarle el dinero a don Eugenio.

 

            Don Eugenio, se encuentra muy disgustado por la actitud de su hijo. Es cierto que, no es realmente su hijo, pero lo ha tratado como tal. No quiere saber nada de él, que se las arregle como pueda pero, está de por medio su esposa, a la que ama.

            La madre de Escolástico, se halla muy afectada. El joven, a pesar de todo, continúa siendo su hijo.  Es un lazo que no se puede romper. Si bien, no lo puede justificar  ante los ojos de su esposo, de alguna manera tiene que mantener la relación, sin obligar a su marido para que haga lo mismo. Basta y sobra que no se lo impida a ella. 

            Y no se lo impide. Comprende que el amor de madre está sobre todas las cosas.

 

            Cada persona, cada vida, es una historia, de consiguiente en una ciudad hay tantas, como habitantes tenga. Y cada historia tiene sus versiones, según el que la vivió, el que la vio o el que la cuenta. La yuxtaposición de las diferentes interpretaciones le dan los puntos comunes y los no comunes, y el colorido a sus variadas facetas.

 

            Escolástico, tenía su propia explicación sobre el asunto. A manera de descargo, según él, en el interrogatorio, le refirió a la policía que su padrastro es un miserable, un agarrado a quien cuesta sacarle un centavo.

            ‑Yo vivía, sólo porque el aire es gratis. En la casa no me daban ni los buenos días, para no gastar saliva.

            ‑¿Qué, tan mal era su relación con él?

            ‑Peor, diría yo. De mi madre siempre se preocupó, de sí ella ha comido o no. Pero de mí, nadie se interesaba.  Podía haber comido o no y a ninguno le importaba.

            ‑Pero, ¿con su madre procedía diferente?

            ‑Hasta cierto punto, con decirles que un día lo escuche comentándole a un amigo:

            ‑«Estoy desesperado, es una mujer tan gastona, pero tan gastona, con decirte, que cuando voy al supermercado, me pide hasta jabón para bañar al loro.  Ella, es así, basta con que le digan que algo está en oferta para que lo compre, lo necesite o no.  Dice, que así ahorra el porcentaje del valor de la rebaja, yo pienso que ahorraría el cien por ciento al no comprarlo, pero parece que no entiende eso»

            ‑Así que por esa razón fingió el secuestro, por venganza y para sacarle la plata.

            ‑Sí, creo que tengo derecho a la lana y si al final va a ser mía, pues no hay otro heredero; que mejor que recibir un buen adelanto.

            Con ese argumento, Escolástico, creía tener justificada su actuación y la policía da por cerrado el caso. Sólo queda que los tribunales cumplan su función.

 

            Los días de visita, Honoria, va a ver a su hijo, don Eugenio, como esposo amante, la  acompaña, con la condición de no entrar a saludar a Escolástico; por lo regular, la esperará afuera; aún está resentido, no lo puede perdonar así por así, que pague su pecado.

 

            Hoy, doña Honoria ingresó dentro del grupo de visitantes.  Don Eugenio, sintió curiosidad de ver al patojo, aunque sea de lejos y la siguió.  Algo de cariño le guarda a pesar de todo.

 

            Doña Honoria, dentro del salón destinado para  los visitantes, seleccionó uno de los apartados y se sentó a esperar a su hijo.  Escolástico, se acercó, ocupó el asiento frente a ella e intercambiaron saludos, luego,  la charla se refirió a las novedades de afuera y de adentro del penal.

            Don Eugenio, que siguió a su espesa, sin que ella se diera cuenta; ocupó el  apartado vecino y escuchaba a través del cancel que los separaba. Algo que no se explica, tocó su corazón.

            ‑Debo perdonarlo ‑se dijo.

            Es un viejo sentimental, siente simpatía por el patojo, después de todo, desde que era pequeño ha estado a su lado.

            ‑Lo vi crecer ‑se justificó.

            No se pudo contener más, estaba a punto de salir y decirle que le perdonaba, que cuando saliera volverían a ser una familia integrada y que todo sería diferente para que no lo sedujera de nuevo  la tentación de delinquir.

            Pero, la voz alterada de Escolástico lo detuvo, ha subido de tono:

            ‑¡Madre, tienes que ayudarme! ¡Estoy desesperado! ¡No aguanto más estar aquí!

            ‑Paciencia, hijo. Hago lo que puedo por ayudarte. ¡Paciencia!

            ‑Sí, para ti es fácil exigirme paciencia, porque no eres la que está aquí. Sólo porque soy derecho no les dije que fuiste tú, la que planeó todo, porque ya no aguantas vivir más con ese ruco agarrado. Mi mínimo consuelo, es que tú también vives tu condena, seguir al lado de ese viejo codo.

            Don Eugenio, se sintió desfallecer.

 

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