INFANCIA: EL CASTILLO DE LOS SUEÑOS
La lluvia golpeaba el zinc de la casa de la abuela Marta. Indira, cuya sonrisa era un mapa de constelaciones en su rostro pecoso, extendió la mano hacia el agua.
—¡Abuelita, está cantando la lluvia! —gritó.
—Canta tú también, princesa —respondió la voz desde la cocina—, pero no salgas. Las princesas de este barrio se enferman.
Indira desobedeció. Corrió al jardín, donde los charcos eran lagos de plata, y cantó: "¡Qué llueva, qué llueva...!". Cuando la abuela la rescató, el frío ya había plantado semillas de fiebre en sus huesos. Esa noche, deliró con caballeros negros y antídotos mágicos. Al despertar, vio a Gilberto, su hermano-caballero de ojos cansados, sosteniendo una jeringa como espada.
—Derroté al hechizo —susurró.
—Siempre lo haces —sonrió ella, tragándose el miedo a la muerte que olía a alcohol y canela.
En su primera comunión, Alex —el niño rubio que olía a tiza y manzanas verdes— se burló:
—¿Crees que soy tu príncipe azul?
Indira le dio una zancadilla al salir de la iglesia. El crujido de su tobillo fue el sonido de un hechizo rompiéndose.
A los quince años, se cambió los tacones por tenis bajo el vestido azul celeste. Bailó el vals con Gilberto, pero en su mente, Salvador del Reino de los Cielos la guiaba. Su madre la interrumpió:
—Indira, deja de soñar despierta.
—Sueño porque respiro, mamá —replicó, ajustándose los tenis.
En el jardín universitario, donde las buganvillas trepaban como serpientes púrpuras, Salvador le confesó:
—Robamos el motor de la fuente para hacer altavoces. La revolución necesita voz.
Indira tocó la piedra sedienta:
—¿Y quién le da voz al silencio?
Cuando él la besó, supo que su boca sabía a promesas y café barato. Pero también sintió el vacío de la fuente en su garganta.
—Voy a Barquisimeto —anunció Salvador meses después, sus maletas ya en la puerta—. Los campesinos necesitan líderes.
Indira, cuyo vientre había empezado a florecer, señaló la fuente seca:
—¿Y tu hijo? ¿No merece un reino con agua?
Él evitó sus ojos:
—Cuando ganemos la lucha, todo cambiará.
Esa noche, Indira lloró frente al vestido blanco de comunión guardado en el armario. Gilberto encontró:
—Los príncipes verdaderos no huyen, hermana.
—Entonces quizá nunca existieron —susurró ella.
En el hospital, entre pujidos que eran rugidos de dragón, Indira parió a un niño con cabello de llamas y ojos de océano.
—Se llamará Salvador —dijo al ponerlo en su pecho—. Pero no por el padre que se fue... sino por el cielo que lo trajo.
Meses después, mientras Alex hacía cola para comprar leche en el supermercado, la vio cargando al bebé:
—¿Sigues pellizcando príncipes, Indira?
Ella sonrió, mostrando las ojeras como medallas:
—Solo a este. Los demás se pinchan solos.
Al pasar frente a la universidad, vio que la fuente seguía seca. Pero su hijo señaló un charco:
—¡Mamá, un lago!
Indira mojó sus tenis en el agua sucia. Esta vez, la abuelita no gritó.
Indira todavía era princesa. Pero su castillo ahora tenía puertas que cerraban a los fugitivos, ventanas que filtraban sueños rotos, y un trono hecho de biberones y libros de cuentos. En el jardín de su casa, donde Salvador (el verdadero) jugaba con Gilberto, una voz susurró en el viento:
—¿Y si la revolución fuera esto?
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares
Fecha: 23 de Septiembre del 2012 / Reescritura: Junio 2024.
Todos los derechos reservados.
Comentario
Gracias Elias, bendiciones para ti.
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Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
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