Cerca de las once, como era ya costumbre, Teo, acompañado de Pigmeo, su gato, subían las escalinatas de la Facultad de Medicina.
De una pequeña mochila, que siempre la llevaba atravesada en el pecho, sacó dos pequeñas mantas, una para él y la otra para su gato; las esparció a los pies de las columna izquierda del majestuoso edificio (cada semana cambiaba de lado); y se sentaron, bien pegaditos, uno al lado del otro.
Decenas de estudiantes y profesores ascendían o descendían, era un tumulto que se repetía día a día.
Teo decidió comenzar con su cotidiano concierto, así lo consideraba y así lo llamaba, cuando alguien preguntaba.
Extrajo su querida flauta,,,y tras unos sencillos y silenciosos soplidos, dio por iniciada la función del día.
Pese el ruido reinante, era posible escuchar la suave y embriagadora melodía que brotaba de aquél pequeño instrumento, en boca de aquel pequeño virtuoso.
Más de uno detenía su paso, buscaba el origen de la música y entonces miraba con suma atención hacia aquél rincón donde un jovencito sentado junto a un gato, deleitaba con su arte.
Cuando el atardecer anunciaba su llegada, Teo recogía unos cuantos billetes, depositados sobre su manta, colocaba dentro de su mochila las mantas, y bien resguardada su amiga la flauta.
-Vamos para casa, Pigmeo, suficiente por hoy, mañana será un nuevo día…
Y lentamente como vinieron, empezaron el regreso hacía las afueras de la gran ciudad.
-Teo, ¡esperá! - escuchó de pronto una voz familiar.
Era Tito, un estudiante de tercer año que solía dejarle monedas y, a veces, un termo con café caliente. Esa noche bajaba los escalones apurado, con un cuaderno bajo el brazo.
-¿No tocás “Aquel viejo vals” hoy? -preguntó sonriente.
Teo negó con la cabeza, acariciando a Pigmeo.
- Esa la guardo para los viernes, Tito, hoy fue “Melodía para un gato dormido”.
Tito se agachó, dejó unas monedas sobre la manta y, en un gesto nuevo, sacó una armónica del bolsillo de su campera.
-¿Y si mañana hacemos un dúo? Yo también sé algunas.
Teo lo miró con los ojos brillantes. Pigmeo maulló suave, como dando permiso.
-Mañana entonces - dijo Teo, y emprendió la caminata hacia las afueras, sintiendo por primera vez que la ciudad no era solo ruido.
Al siguiente día, venían caminando, el flautista y su inseparable gato, acercándose a la Facultad, cuando se percataron que un grupo de personas los saludaban desde allí en la escalinata, cerca de la entrada.
Ohh, sorpresa...Tito se acercó y le informó que varios compañeros de distintos cursos, amantes de la música se anexaron, y algunos de ellos, inclusive trajeron sus instrumentos.
Teo, no salía de su asombro; con la tranquilidad de siempre, los saludó, sonrió amablemente, y con su acostumbrada rutina, abrió su mochila, sacó las dos mantas, las acomodó en el suelo, se sentó y esperó hasta que Pigmeo se acurrucó a su lado.
Ya con su amiga en su manos, levantó la mirada...miró a su público, depositó la flautita en sus labios y...una melodía archi conocida se dejó escuchar...°Amigos para siempre°
Como si estuviera todo programado, en escasos instantes los músicos estudiantes se incorporaron, adhiriéndose a la pequeña orquesta allí formada.
La melodía se expandió distinta aquella tarde. Ya no era solo la flauta solitaria de Teo, sino un rumor de violines, una guitarra tímida, un pequeño tambor y la armónica de Tito que tejía su voz entre los pliegues de la música.
Los estudiantes que subían y bajaban comenzaron a detenerse en masa. Alguien aplaudió al terminar la primera estrofa. Una profesora de cabello cano asomó la cabeza por la puerta y sonrió sin decir nada.
Teo, sin dejar de soplar, sintió un calor en el pecho que no conocía. Pigmeo, despertado por el bullicio, se incorporó y comenzó a caminar entre los pies de los músicos como un pequeño director de orquesta.
Tocaron tres canciones más. Una chacarera, un bolero y, para cerrar, “Aquel viejo vals” –porque era viernes, aunque Teo ya había perdido la cuenta.
Cuando la última nota se disipó entre las columnas, el aplauso fue largo y sincero. Las mantas amanecieron cubiertas no solo de monedas, sino también de caramelos, una manzana, un pañuelo bordado y una tarjeta con un número de teléfono.
–¡Formamos una banda! –gritó Tito, abrazando a Teo por los hombros.
Teo rió, algo que hacía mucho no hacía. Miró a Pigmeo, que se lamía una pata con aire de suficiencia, y luego al grupo de jóvenes músicos que lo rodeaban.
–Está bien –dijo–. Pero con una condición.
–¿Cuál? –preguntaron todos.
–Que Pigmeo sea el vocalista.
El gato maulló en el momento exacto, y la escalinata entera estalló en carcajadas.
Desde esa tarde, ya no fueron dos los que subían las escalinatas de Medicina. Fueron muchos. Pero siempre, pegados a la columna izquierda, Teo, Pigmeo y Tito –tres inseparables amigos– daban el puntapié inicial para que la música le ganara batalla al ruido de la gran ciudad.
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Autores
Norma Cecilia Acosta Manzanares (Venezuela)
Beto Brom (Israel)
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Imagen de la WEB c/texto anexado
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Comentario
Gracias Elias por este acompañamiento.
Queridos todos, escribir este cuento con Beto fue una experiencia maravillosa. Desde que me propuso la idea, sentí que había magia en ese viejo vals y en esos tres personajes tan distintos. Beto tiene una forma de ver la vida que me inspira, y juntos logramos darle alma a Teo, a Tito y a ese gato sabiondo que es Pigmeo. Los invito a leerlo, porque estoy segura de que también les va a sacar una sonrisa. Gracias, Beto, por compartir este viaje conmigo. Un abrazo grande para todos.
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Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
http://organizacionmundialdeescritores.ning.com/
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