CONCEPTO DE LITERATURA INFANTIL

INFORME Nº 1


REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
UNIVERSIDAD NACIONAL EXPERIMENTAL SIMÓN RODRÍGUEZ
ALTAGRACIA DE ORITUCO-ESTADO GUÁRICO

CURSO: EXPRESION LITERARIA.
SECCION “G”.-EDUCACION PREESCOLAR.
FACILITADORA: DRA. MILAGROS HERNANDEZ
PARTICIPANTE: TOVAR GLENNYS NATIVIDAD





Se define obra literaria como “la creación artística expresada en palabras, aún cuando no se hayan escrito, sino propagado de boca en boca”.
Esta definición centra su interés en aspectos fundamentales, ya que implica creación, arte, expresión mediante la palabra, y recepción por parte de alguien, aunque no se precise quién sea el destinatario.

Cualquier definición de literatura infantil que se formule deberá cumplir dos funciones básicas y complementarias. Por una parte tendrá que ejercer un “papel integrador” o de “globalización”, para que nade de cuento se considerara literatura infantil, que quede fuera de ella. Por otra parte, tendrá que actuar como “selectiva”, para garantizar que sea literatura. Ambas funciones se justifican, puesto que nada de lo que sea literatura al alcance del niño puede quedar excluido. Pero, si resulta ambiguo el término literatura, no lo es menos el adjetivo infantil. Así, literatura infantil, desde su denominación, suma dos ambigüedades, lo que significa que cualquier definición propuesta ha de ser, a su vez, objeto de precisiones concretas.

En 1984, Juan Cervera, coincide en que literatura infantil: “se integran todas las manifestaciones y actividades que tienen como base la palabra con finalidad artística o lúdica que interesen al niño”.

En 1985, Marisa Bortolussi, califica como literatura infantil: “la obra artística destinada a un público infantil”.
A menudo se ha glosado, reconociendo literatura infantil “a toda producción que tiene como vehículo la palabra con un toque artístico o creativo y como destinatario, el niño”.
El afán de totalidad quiere ampliar el marco de los géneros tradicionales representados por las manifestaciones que le vienen dadas al niño; la inclusión de actividades reclama el reconocimiento de literatura para los juegos en lo que el niño emplea la palabra como elemento básico de creación y de diversión; el interés por parte del niño implica no sólo identificación con las producciones ajenas o propias, sino la participación en el goce de la literatura.

Andrés Amorós, llega a defender que la base de toda la literatura es “el placer que alguien obtiene leyendo lo que otro ha escrito”. No deben tomarse los verbos “leer” y “escribir” como límites de la literatura infantil.

Pero es importante distinguir entre obra literaria y lo que no lo es. Debemos comenzar por quedar clara la diferencia entre el lenguaje estándar, utilizado, por ejemplo, en los libros de texto destinados al niño y el lenguaje artístico, vehículo de la producción literaria que ha de ser aceptada por el niño.

Lo más trascendente de esta concepción integradora es precisamente la voluntad de englobar manifestaciones y actividades un tanto abandonadas. Junto a los clásicos géneros de la narrativa, la poesía y el teatro, trasunto de la épica, lírica y dramática, hay otras manifestaciones menores que pasan a encuadrarse en la literatura infantil: rimas, adivinanzas, fórmulas de juego, cuentos breves y de nunca acabar, retahílas... También aquellas producciones en las que la palabra comparte presencia con la imagen, como el tebeo, y aquellas otras en cuya organización tripartita o cuatripartita, la palabra convive con la música, la imagen y el movimiento, como el cine y la televisión, el video y en menor medida, el disco.

Y no sólo esto, sino actividades pedagógicas y creativas como la dramatización y otros juegos de raíz o trayectoria literaria, como la canción y juegos de corro, en los que el niño es agente y receptor.

Esta visión amplificadora crea condiciones para potenciar el juego como elemento fundamental y motivador del contacto del niño con la literatura infantil y favorece el tránsito de actitudes preferentemente reactivas a otras más activas donde la participación y la motricidad, pasan a ser piezas clave.

Por eso conviene aclarar que cualquier producción destinada al niño no es literatura infantil, pues anteriormente se ha admitido al libro de texto como producto que queda fuera de la literatura infantil. De esta forma las fronteras

De la literatura se ensanchan dentro del marco de la literatura infantil, y su concepto se depura al denunciar que no toda publicación para niños es literatura, para quienes sostenga la inutilidad de la existencia de una literatura infantil, cuya única diferencia con la literatura general se basa en tener al niño como receptor.

Pero es preciso puntualizar más. Marisa Bortolussi en 1983, distingue entre tener al niño como destinatario y tenerlo como receptor. Este matiz es importante, aunque ella misma haya hablado de “obra artística destinada a un público infantil” y aunque Juan Cervera se haya deslizado por los términos destinado y destinatario, está claro que en su definición de 1984, la expresión “que interesen al niño” se anticipa a la corrección de Marisa Bortolussi que sitúa la niño como receptor.

El interés y la aceptación del niño pasan por delante de la intención del autor y de más personas que destinan sus obras al niño, y que éste, a su vez, puede aceptar o no. Esta aceptación voluntaria por parte del niño justifica como literatura infantil lo que llamamos literatura ganada. Esto se refiere a que en literatura ganada engloba todas aquellas producciones que no nacieron para los niños, pero que, andando el tiempo, los niños se las apropiaron o ganaron, o los adultos se las destinaron, previa aceptación o no.
Graciela Perriconi, considera que “literatura infantil constituye en aspecto muy particular de la literatura, pues se sitúa en el punto medio entre el tiempo transcurrido y el tiempo que desconocemos. Es una medición del tiempo”. Al seguir discurriendo sobre esta medición, habla indistintamente de destinatario y de receptor.

Más que definir literatura infantil, destaca sus objetivos, puesto que cuando se refiere únicamente a la literatura infantil, sostiene “que es un acto de comunicación de carácter estético, entre un receptor niño y un emisor adulto, que tiene como objetivo la sensibilización del primero y como medio la capacidad creadora y lúdica del lenguaje, y debe responder a las exigencias y necesidades de los lectores. Una precisión significativa es el papel que la literatura infantil desarrolla en el marco de la cultura. Sin entrar en la definición de cultura, hay que admitir que la literatura infantil debe tenerse como parte de ella. No sólo por las valiosas aportaciones, como mitos, leyendas, cuentos tradicionales.

Por su función iniciativa que desempeña, sino por su manera propia de estar en ella, durante muchos años se ha visto el la literatura infantil en subproducto de la pedagogía y de la didáctica. En ambas cosas la función más elevada que se le puede conferir, es la de introducir al niño en la cultura o facilitarles los conocimientos que les hacen falta, en cambio, ahora se interpreta que su manera de estar en la cultura ha cambiado: la literatura infantil es básicamente una respuesta a las necesidades íntimas del niño. Esta ya está admitida, y ello justifica precisamente su naturaleza específica dentro del conjunto de literatura. Por tanto no se trata de aproximar al niño a la literatura, sino de proporcionarle una literatura, la infantil, cuyo objetivo sea ayudarle a encontrar respuesta a sus necesidades.

El polo de atracción ya no es la historia ni la cultura. Por eso hay que ofrecerle la literatura que le conviene, y se acertará en esta operación cuando el niño la acepte, es decir, cuando actúe como receptor, no como destinatario.

Las consecuencias de este cambio de enfoque son significativas la historia, la teoría y la crítica de la literatura infantil adquieren matices diferenciales en el marco de la historia, la teoría y la crítica de la literatura.

Por muy importante que sea el análisis de las sucesivas versiones de un texto, todo esto pasa a un segundo plano, sino entronca con la versión utilizada por el niño y si no se ha tenido presente a éste a la hora de las transformaciones.
Orígenes y desarrollo de la Literatura Infantil.

La determinación de los orígenes de la literatura infantil debe plantearse de acuerdo con el concepto que se tenga de la misma. Por eso, conviene tener presente que la intención de aproximarse al niño literariamente es decisiva.

En cambio, debemos afirmar que la literatura infantil sólo puede surgir a partir del momento en que se empiece a considerar al niño como ser con entidad propia y no sólo como futuro hombre. Partimos de esta afirmación porque hay quienes han pretendido que la literatura infantil, bajo formas orales, existe desde los orígenes mismos de la literatura. Pero al pensar así, se confunden con las raíces históricas del cuento de hadas con la literatura infantil.

Además reconocemos la existencia de materiales, como son los mitos, leyendas o relatos remontados a siglos muy lejanos. Pero esta materia sólo cobra identidad plena como literatura infantil al ser aceptada como tal o al ser sometida al tratamiento adecuado para que el niño sea su receptor natural. Toda esta materia es lo que debe tomarse como antecedente de la literatura infantil.

Sin duda, la literatura infantil comienza en el S. XVIII. Hay quien piensa incluso que nace con los hermanos GRIMM, a principios del S. XIX. En cualquier caso, Perrault, a finales del S. XVIII, sólo puede mirarse como el afortunado difusor de unos cuentos con raíces anteriores, cuya afectada ingenuidad no oculta que los niños no son sus únicos destinatarios.

Perrault es el precedente reconocido cualitativa y temporalmente más próximo que entreabre la puerta de la literatura infantil. Los libros didácticos para niños, que se remontan incluso al S. VI de nuestra era, no deben considerarse literatura, pero junto a los relatos orales y a los libros que los recogen habrá que colocar el teatro, del que el teatro escolar, de los jesuitas significa, desde el S. XVI una interesante aproximación progresiva al niño.

Se ha atribuido a Arnaldo Berquin (1749-1791) el comienzo del teatro para niños, aunque hay quienes colocan a sus producciones es una situación difícil para calificarlas como literatura. Su teatro parece más bien remitirse a los diálogos doctrinales de otras épocas, pese a su intento de ponerse al alcance de los niños. El teatro escolar, de los jesuitas, en los siglos, XVI y XVII, experimenta una serie de transformaciones con visibles intenciones de aproximación al niño. El entremés recoge tradiciones y relatos populares, juegos y bailes infantiles y realizaciones poéticas festivas. Es indudable que todo ello se encamina a atraer la atención del niño que a menudo es su intérprete.

Cuando en el S. XVIII nos encontramos con el Padre José Villarroya (1714-1783), el salto hacia lo infantil parece definitivo. En efecto, Villarroya se queda solamente con el entremés y prescinde de las partes doctrinales. El suyo es ya un teatro que mira sólo al niño como niño, y el entremés ya no es el cebo para que aguante toda la obra.


PARTICULARIDADES DE LA LITERATURA PARA LOS NIÑOS



La literatura, como creación humana y, por tanto, social, surge como necesidad de expresión estética del individuo y se fija de manera escrita junto con la aparición del signo gráfico. Un camino largo, ligado a la creciente especialización humana, conducirá al surgimiento de los géneros literarios, entre ellos la poesía lírica y épica, el teatro, la novela, el ensayo, y otros.

Si bien la intercomunicación por la vía del arte escrito es a lo largo de los siglos un medio de las personas racionalmente desarrolladas, o mejor, de pensantes adultos, no por ello se puede señalar como inadmisible una literatura paralela dirigida a los niños. La poesía oral de tiempos históricos, y un gran número de la de la Edad Media y el Renacimiento está marcada por pasajes líricos o composiciones dirigidas a los niños.

No es un invento reciente la nana o canción para dormir al bebé. El simple fraseo o tarareo de sílabas inexpresivas en su unidad, pudo constituir el inicio de tal tradición, que continuó durante siglos. Ese hecho puede encontrarse en cualquier cultura y época histórica. Quizá fue el origen de la expresión artística Inter comunicativa del adulto con los niños, y de estos entre sí.

La llamada literatura infantil, como hoy se entiende, nace en el siglo XIX, con la profusión de las recopilaciones de cuentos folclóricos, no siempre dirigidos a los pequeños.

Es cuestionable el hecho de fijar esta situación como el origen mismo de la totalidad de la literatura infantil. Es inobjetable que, antes del pasado siglo, habían aparecido obras expresamente creadas para los niños; la tradición oral, tanto lírica como narrativa, es antiquísima; no obstante, este tipo de literatura se consolida en el siglo XIX, sobre todo por vía de la narrativa.

Ahora bien: ¿es la literatura infantil un género literario? La profusión de las publicaciones indiscriminadas en todo el mundo bajo este titulo genérico y los escasos (y necesarios) concursos, donde se presentan diversidad de obras para un premio único, han traído la posible confusión.

Hay que recordar que las divisiones que se establecen en ciertos planos, responden muchas veces a contraseñas y convenciones y hasta a la estandarización para evitar confusiones, y que, especialmente, en la cuestión de los géneros literarios, la división podría caer en equívocos serios, como considerar a La divina comedia lo mismo novela que ensayo en verso, o a Facundo como un mero ensayo histórico. Atendiendo a la necesaria división esquemática por la que hoy se conoce sobre los géneros literarios, se puede estudiar de forma más definida la literatura infantil.

Un cuento, un poema para niños, una novela para adolescentes, una obra de teatro de títeres o con oradores reales pueden ser literatura infantil, pero no por ello pueden ser todas y cada una la misma cosa. En este caso, se está ante un área semántica un tanto indefinida. Si se puede responder que hay una literatura infantil ya definible, se debe analizar que ella es en sí misma un área, una zona de la llamada literatura universal. Es una especialidad por cuanto va dirigida a un amplio público en formación y, por tanto, no responde a todos los patrones reconocidos para la literatura general o de adultos. Sus diferencias expresivas y hasta temáticas hacen que ella tenga una especificidad que reclama sus obras y sus propios clásicos, con independencia de las posibles adaptaciones de las obras de los grandes creadores de la literatura universal.

Se propone estudiar la literatura infantil como área, como zona específica dentro de la literatura universal, con relativa autonomía dentro de esta, dadas sus funciones más centradas en la formación infantil.

El problema es complejo cuando se particulariza, porque hay que tomar como base de su fundamentación la carga didáctica que, en su mayoría, poseen estas obras. Se entiende este didactismo no solo en el sentido de enseñar moralejas y reglas éticas a la niñez, sino también cuando se les enseña a buscar o a sentir placer estético, ante una obra que condensa en ella una emoción vital. Pero ¿no hace lo mismo la vasta zona literaria que frecuenta el adulto? Puede hacerlo, pero no es su función principal. Ellas se dirigen a un intelecto formado (o deformado, según el lector), y lo ponen a discutir con la obra y consigo mismo, cuando no se trata de un ejercicio mental de entretenimiento.

En el caso de los niños, se acumulan otros elementos. Hay un agente receptivo y asimilador de proporciones diferentes a las del adulto. El entretenimiento suele tener un grano de enseñanza para ellos; es decir, un consejo o una mirada lírica a la vida. En una obra literaria adaptada, ellos descubren cosas de su experiencia personal y aprenden otras que se confunden en su complejo mundo imaginativo y, muchas veces, suelen tornarse experiencia vital. Ello puede centrarse en el mensaje, así como en la forma en que se ha expresado. No será igualmente grato que se diga que el mundo es redondo, con una cara de susto y exclamaciones de terror, que se exprese lo mismo con suavidad y naturalidad.

Si, a veces, para un adulto el contenido supera a una forma gastada o poco estética, para los pequeños esto no se cumple de la misma manera. Que un lagarto se coma una mosca puede ser un hecho natural, de necesaria alimentación, o un hecho cruel, malvado y que les produzca un fuerte disgusto, según el punto de vista que se adopte para narrar, y la manera en que se narre. Si la mosca es el personaje central y positivo, el efecto es terrible, pero si lo es el lagarto, nada más natural, salvo que este sea algo así como el monstruo de la laguna negra.

Al adulto lo mismo se le puede contar una historia de una manera que de otra, incluso a veces prefiere leer sobre plagas de langostas o de hormigas gigantescas, y hasta ver en el cine mujeres arañas comiendo seres humanos; sin embargo, si tales escenas de crueldad mercantil no son aconsejables ni para los adultos mismos, lo son aún menos para los niños. Claro que a estos no hay que ocultarles el mundo de violencia en que vivimos, propios de la sociedad clasista en parte del mundo; por eso, la violencia no tiene por qué desaparecer de un relato para los pequeños. A lo que sí no se debería llegar es a narrar escenas de extrema crueldad, como la siguiente que se tomó de La novia blanca y la novia negra de los hermanos Grimm:

«Merece que se le encierre en un barril erizado de clavos, se enganche un caballo al barril y se lance el animal a trote».

La literatura infantil difiere notablemente de la adulta por la forma de transmitir el mensaje, y por el mensaje mismo.

En el orden de los géneros, hay que ser algo más cuidadosos. ¿Por qué no se puede hablar de lírica infantil cuando se lee el poema de Lorca, «Cancioncilla Sevillana»:


Abejitas de oro buscaban la miel.

¿Dónde estará la miel?

Está en la flor azul, Isabel.

En la flor del romero aquel.

(Sillita de oro para el moro.

Silla de oropel para su mujer.)

Amanecía en el naranjal.

Se debe tener un cuidado especial en el caso de la poesía lírica, porque lo que de ella puede ser emocionante y hermoso para un adulto, puede ser incomprensible para los niños, pero casi nunca se da la relación inversa.

Se sabe que, en infinidad de casos, si no en casi todos, los poemas infantiles pueden causar placer estético también al adulto. Igual ocurre con los cuentos y otros géneros de ese conglomerado que se denomina literatura Infantil.

La diferencia puede inscribirse en el campo de lo subjetivo: el adulto se emociona y le gusta una creación para los niños, porque su contenido poético es también poesía para él, pero sabe que es literatura infantil. Los infantes no pueden emocionarse ante obras no escritas para ellos y que no entienden, porque no pueden hacerlo. Esto puede demostrar que las diferencias entre una y otras zonas o áreas de la literatura artística, no pertenecen solo al plano formal, sino también al plano de lo emocional, subjetivo. Claro que, a la hora de crear o seleccionar obras para las edades de 0 a 6 años, no debe primar el criterio impresionista, indocumentado, sino científico, para cada circunstancia.

Hay una literatura creada para los niños e, incluso, puede afirmarse que creada por ellos mismos. Ahora bien, ¿la niñez es un concepto total, homogéneo?, ¿supone lo mismo para un autor crear obras para las edades entre 0 y 6 años, como entre 6 y 14? Esta problemática no se plantea en la literatura para adultos. Un novelista jamás tiene que pensar en si la edad biológica de sus posibles lectores es de 25 o 65 años. Pero no es probable que a un adolescente de 14 años le guste de igual manera un poema que se le lee a un niño o niña de 5; a uno que a los 7 años le encantaba La Bella Durmiente, no encontrara un placer de la misma naturaleza cuando tenga 15 años.

Dentro de la propia literatura infantil, pueden encontrarse áreas menores, atendiendo a las edades de los menores. Como la niñez de las primeras edades tiene especificidades que lo distinguen del escolar, y ambos se diferencian de la edad juvenil, a la hora de ofrecerles literatura hay que contar con esas diferencias. Según esto, los intereses, fines, contenidos y formas de la creación artística variarán, lo que, desde luego, no puede conducir al extremismo de pensar que no es igualmente válido un poema, como el que se citó de Lorca, para edades diferentes; todo dependerá del tono y la forma con que se dé, y del tono y el modo en que se apropie el receptor de la obra ofrecida.

La validez artística, estética, debe sostenerse en cualquier obra, pero en cuanto a lo formal, no puede medirse de la misma manera aquello que se le ofrece a un niño o niña de la primera infancia, que a otro de 8 o 10 años, incluso a un adulto. Esto conduce al complicado mundo de la preceptiva, de las normas y requisitos, de los qué y cómo y de las sutiles diferenciaciones de los para quién.

Los consejos preceptivos que enuncian una serie de méritos y deméritos que debe o no llenar el creador para niños, suelen hacerse inválidos si no se piensa en la especificidad de las edades. También en este campo ha de cumplirse una meta social: hablar cada cual según sus necesidades.

No se habla con exactitud cuando se expresa en abstracto la literatura infantil, o cuando se la considera como área de la creación artística-literaria.

Además no están claros los conceptos infantil y juvenil, porque dentro de ambos hay especificidades correspondientes a diferentes edades. Lo mismo ocurre cuando se habla de una literatura para la primera infancia Hay que recordar que, los que se ocupan de estudiar este grupo de edades, las subdividen según las características que en cada una se presentan. Los términos edad infantil menor, mayor, etc., van haciéndose familiares a medida que aumenta el estudio y el interés particular por la psicología de los infantes. Así pues, un estudio de la literatura infantil implica que no se ha de entrar en terrenos monolíticos, sino que se atenderá a todo lo que concierne a las edades de los receptores, unido a las características del género que a los niños se les presenten.

Entre los 3 y los 6 años, los niños pueden asimilar muchísimas cosas. En esta época, comienzan a hacer sus primeros intentos de lectura y escritura, y les fascina el mundo maravilloso de los libros. Este es el período para iniciarlos en la literatura y otras expresiones artísticas, aunque antes de los 3 años es preferible que se les haya familiarizado con ellas.

Para iniciar a los niños en la literatura, se recurrirá a medios pedagógicos y artísticos. En la edad temprana debe comenzarse, como recomendaba el especialista ruso Lev Stepainian, por poesías, cuentos y relatos breves, con tramas de animales, juguetes o instrumentos de trabajo. Es también el momento de instruirlos en el conocimiento más amplio del mundo circundante por vía de la obra artística, para lo que es conveniente un considerable grado de realismo, en cuanto a aquello que ven y oyen cotidianamente.
A partir de un estudio de la especificidad del lenguaje infantil, de Giuseppe Francescatto, se puede analizar la posibilidad de una literatura para niños menores de 3 años. Es algo difícil encontrar un libro de ficción directamente escrito para tales edades, pero no lo es tanto hacer recopilaciones y antologías en las que no se desechen finas canciones de cuna, cuyos contenidos no se resistan a ser considerados poesía. Claro que, a tal edad, un bebé no entendería nada de la Nana de las cebollas de Miguel Hernández, porque el gran poeta español no la escribió para ellos, sino sobre ellos. Sin embargo, gran cantidad de hermosos poemas, con onomatopeyas y gorjeos propios para estas edades, producirían los primeros efectos de su iniciación literaria elemental.

El investigador italiano citado afirma que los infantes están capacitados para darse cuenta de las gramaticalidades las frases que producen, de la misma manera que están capacitados para producir nuevas frases gramaticalmente correctas. Por tanto, esta literatura inicial ayuda a activar el lenguaje infantil, pues las capacidades humanas no dependen solo de la imitación.

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