EL FETO QUE LUCHÓ POR VIVIR
Todavía me recuerdo en forma de la más pequeña célula del ser humano, un espermatozoide. Iba en frenética carrera compitiendo con millones de compañeros, todos impulsados por el frenético movimiento de nuestros flagelos para avanzar lo más rápido posible hacia nuestra meta y nuestro propósito: la célula más grande del cuerpo humano, el óvulo, al que debíamos penetrar, uno y solo uno, para concebir el fantástico milagro de la vida.
Recuerdo que gané la carrera y comencé a transformarme en embrión. Tengo claro el momento en el que me adherí al cuerpo de mi madre y empecé mi vida como feto. Como espermatozoide, mi responsabilidad de definir mi sexo no se concretó sino a partir de la séptima semana de estar pegado a mi madre, ya como feto. Fue a partir de esa época, lo recuerdo vivamente, cuando comenzó nuestro tormento: el mío y el de mi madre.
La escuchaba sollozar hablándome bajito y explicándome que el ser de cuyos testículos había salido, no me quería vivo. Y que los padres de ella no sabían siquiera que yo existía dentro de su amoroso cuerpo. Pasando las semanas me reveló que sus padres, mis abuelos maternos, ya se habían enterado de que yo crecía en su interior y tampoco querían que naciera. Mientras tanto, mi organismo se iba formando más y mejor, nutrido por la sangre de mi amantísima madre.
Ya estaba bastante crecidito, para mi parecer, cuando sentí unos dolores horrorosos: me estaban atacando desde afuera, a través de la sangre materna, con unos químicos destinados a expulsarme del vientre de mamá, a sacarme ya muerto. Pero me rebelé, me agarré con fuerzas supremas a las paredes de mi casa humana y me resistí a ser expulsado de ella. Me sentía con derecho a la vida y no estaba dispuesto a dejarme asesinar.
Después de terribles tormentos, quedé exhausto y dormí un largo sueño. Cuando desperté escuché que mi madre me decía: “¡Hijo mío, perdona a mis padres que quisieron que abortara! Tú has sido más fuerte que sus ganas de eliminarte y no permitiré que nadie más vuelva a tocarte”. Me revolvía satisfecho en su interior, sintiendo la calidez de su mano acariciándome desde fuera al sobar su panza.
Días después, una conmoción tremenda me desprendió del lugar en que ya me encontraba apretado y algo incómodo, y poco después quedé cegado por una luz que nunca había visto y ensordecido por atronadores sonidos: yo había nacido. Entonces, vi el rostro feliz de mi madre y sentí la calidez de su amor cuando me acercó a su pecho para brindarme la primera y más deliciosa comida del mundo.-
REFLEXIÓN
Esta lectura nos ayuda a entender el verdadero significado que tiene la vida representada por el proceso de fecundación y gestación, hasta el parto. Eliminar un feto es matar una vida.
PENSAMIENTOS
Comentario
Comparto su opinion poeta, gracias no al aborto
MARAVILLOSO RELATO ARRANCADO DE LA PRIMERA CÉLULA QUE DA INICIO A NUESTRA VIDA
Y LOS PRIMEROS SIGNOS VITALES DE LA FORMACIÓN HUMANA.
GRACIAS POR ESTE MENSAJE DE ALERTA... ALECCIONADOR HACIA LA HUMANIDAD.
APRECIADO AMIGO... FERNANDO SALTOS.
Suscribo todas y cada una de tus reflexiones y pensamientos poeta...Lo felicito por poner a nuestro alcance una lectura como esta, que nos hacer tomar mas conciencia sobre el don de vida.
RED DE INTELECTUALES, DEDICADOS A LA LITERATURA Y EL ARTE. DESDE VENEZUELA, FUENTE DE INTELECTUALES, ARTISTAS Y POETAS, PARA EL MUNDO
Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
http://organizacionmundialdeescritores.ning.com/
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