En Lima, Perú; barrio de Jesús María o Lince o... Me levanté de la siesta y después de tomar un refresco, decidí dar un paseo a cualquier parte de la ciudad que no me significara un riesgo. Me habían advertido que por determinadas zonas no era conveniente andar sola.
Fui hasta la Avenida Arequipa para tomar el bus que me llevara al centro. Mientras esperaba, se acercó un coche de esos grandes y viejos. Nunca vi tantos coches viejos como en Lima. El conductor de éste sacó la mano izquierda cerrada por la ventanilla, con un solo dedo extendido. Mis amigos peruanos me habían explicado que así -con ese gesto- comunicaban que les quedaba un asiento libre. Lo paré y cuando iba a subir, bajó rápidamente de la puerta trasera un hombre alto y delgado para hacerme subir y seguir conservando el lugar de la ventanilla.
Nunca llegué a ver al otro pasajero porque había quedado prendada de la imagen del hombre alto. Me recordaba la figura de don Quijote de la Mancha. Se dio cuenta de que lo miraba fijamente estudiándolo. Cuando le ordené al conductor que se detuviera para bajar, él también bajó. Me gustó que lo hiciera.
Caminamos y caminamos y casi desandamos todo el viaje que habíamos hecho en el coche. Todas mis relaciones se convertían en estudios antropológicos de lo distinto. Me gustaba hablar con gente desconocida, pero sabía que tenía que andar con cautela cuando lo hacía. Fijarme bien por donde iba para poder volver a la casa donde vivía, era fundamental. Uno nunca sabe lo que puede pasar estando en un país extranjero. Marcos me había asesorado en varias de estas cosas y yo seguía a pie juntillas lo que él me había dicho.
Don Quijote de Trujillo me invito a cenar en Marcoantonio, un restorán confitería, en la misma Avenida Arequipa. Mientras estábamos ahí, alguien comenzó a tocar un tango en el piano y eso me puso nostalgiosa. Me había alejado de mi país por miedo a la muerte y en Perú, sólo había encontrado la amistad de Marcos. De nuestro amor nada quedaba ya. Después de la cena quedamos en encontrarnos al otro día para salir a pasear.
Pasaste a buscarme a media mañana. Caminamos, mientras yo pensaba que todo estaba bien y que ambos nos movíamos en la misma órbita. La realidad era tan distinta... De pronto me di cuenta de que no es fácil la comunicación entre personas de distintas culturas.
Ese domingo yo estaba tan contenta de disfrutar de tu compañía que los pocos signos que percibí de desajuste, los hice a un lado mecánicamente. Me limité a registrar sólo lo que me gratificaba. Por ejemplo, cuando salimos de tu departamento para ir a Barranco a conocer el Puente de los Suspiros, donde los nobles de la época colonial solían poner las cosas de sus amantes, me preguntaste:
-¿Vamos a gastar mucho?
Eso me hizo pensar que me implicabas en una acción futura compartida. A diferencia del día anterior, en el cual dejaste que eligiera un plato que después resultó inmenso. Y todo por no animarte a decirme que ese plato era demasiado abundante para una persona sola y que yo pensara mal de ti. (Ahora hablo y pienso titeando y tuteando; el "vos" quedó en la Argentina)
Yo mantenía mi buen humor y no me daba cuenta de que los indicios me indicaban un cambio de ánimo de parte tuya. Un signo negativo fue que dejaras que yo armara el cigarrillo, cosa que no se correspondía con tu excesiva galantería primera. Estabas en otra dimensión o en el túnel y, de vez en cuando, nos hablábamos por alguna de las pocas ventanitas del túnel. El error mío fue tratar de ignorar los signos negativos. Y luego, cuando te fuiste en esa forma de "engaño" (no es un reproche) diciendo frente a la puerta de mi casa:
-Tú sube que yo ya vuelvo, ¿me esperas? Voy a averiguar el horario de salida del avión.
Listo, no te vi nunca más. A los veinte minutos supe que no volverías y me sentí tremendamente sola sobre la tierra. Creo que la sensación se multiplicó por lo imprevista. Además de la soledad sentí desorientación, desamparo, pero en una situación nueva, inédita para mí. Era una soledad oceánica.
A eso de las cinco de la tarde me llamaste por teléfono y me reanimé, aunque tu explicación no me sirvió de nada. El lunes a la mañana decidí ir a verte. Quería conversar desesperadamente y te llevaba un cenicero de regalo en mi cartera. Llamé y llamé a tu puerta, pero nadie contestó. Se acabó la comunicación con el caballero de la triste figura. Adiós don Quijote peruano. He convertido en entretenimiento el recordar, en sucesión fílmica, todos los gestos de aquella noche en que nos vimos por primera vez. Cada día que pasa le agrego un detalle que antes no recordaba o que -sin darme cuenta- voy creando cuando repito el hecho.
Todo comienza cuando me despido de mis amigos, después de haber tomado juntos un café. Detengo un coche vacío en la cuadra 8, en la 10, suben dos mujeres y un hombre. Ya están todos los personajes en escena. Intercambio de miradas con el hombre que ha quedado en el extremo opuesto del asiento trasero en el que me ubiqué. Las dos mujeres están sentadas entre nosotros. En la cuadra 23 debo descender. Para hacerlo, también deben bajar los tres pasajeros, ya que no puedo hacerlo por la puerta que da sobre el centro de la calle. He pagado mi pasaje y, cuando paso cerca del hombre oigo que me dice en voz muy baja, casi en susurro, ¡chau! Escuchar el "chau" tan nuestro en otro país, me sorprendió. Respondo en la misma forma y como el semáforo está en rojo me quedo parada en el cordón de la vereda. El hombre y las mujeres subieron nuevamente y el coche arrancó. El hombre se da vuelta y por la ventanilla trasera me sonríe; le sonrío yo también. De pronto, el coche se detiene y descienden las mujeres. El hombre está pagando su viaje que en ese momento da por terminado. Ya han cambiado las luces del semáforo, ya se alejó el automóvil con sus pasajeras, ya estamos frente a frente con el hombre. Un sentimiento de alegría me invade y nos ponemos a caminar juntos. Tu nombre y el mío. Nos espera un café al final de la cuadra. "Marcoantonio", boliche donde se puede conversar mientras se escucha tocar en el piano algún viejo tango.
Comentario
¡Gracias, Rita! Muy lindas tus palabras, en especial las que destacan la circularidad del relato. aunque no lo creas, pocos lectores han captado ese detalle. Pero es así. Una vez que has escrito algo ya no te pertenece y no vale la pena andar corrigiendo interpretaciones. Por suerte, vos lo captaste y me hace pensar que no fue tan poco visible que nadie lo notara.
De verdad, muchas gracias por tu lectura.
Con afecto, Martha Alicia
Martha Alicia la felicito, me hizo soñar y conocer Trujillo como un sitio de ensueño, de fantasía. Si lo que cuenta es un hecho verídico, creo es usted una romántica incurable, si es sólo una quimera creo es una escritora de aquellas que pueden concitar sin esfuerzo, la atención de muchos lectores. ¿Su caballero de la Triste Figura, es también sólo una ilusión o alguien a quien ama desesperadamente? Sea como fuese, me gustó mucho leer el Quijote a su manera. Atte. RAC.
RED DE INTELECTUALES, DEDICADOS A LA LITERATURA Y EL ARTE. DESDE VENEZUELA, FUENTE DE INTELECTUALES, ARTISTAS Y POETAS, PARA EL MUNDO
Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
http://organizacionmundialdeescritores.ning.com/
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