LA NOCHE DEL FIN DEL MUNDO Y LA LLEGADA DE DOÑA CIFOROSA...

Los cambios del tiempo no habían influido en nada para detectar los acontecimientos que se avecinaban aquella tarde luminosa del mes de abril. Todo parecía estar en un estado de calma estacional, denotando la prolongación de una inusual quietud en toda la naturaleza. Ya empezaban a recogerse los pájaros en sus nidos y en las ramas de los árboles más cercanos; protegidos con la multitud de hojas nuevas, que empezaban a temblar ante la incipiente brisa del ocaso. De aquella tarde luminosa y apacible: sólo queda el recuerdo en contados agricultores de la comarca, que pernoctaban en los campos vecinos, algo alejados de sus hogares pueblerinos, que por no volver a sus casas a la caída del sol, habían preferido dormir sobre los aparejos de sus bestias, mientras éstas careaban en los campos limítrofes –atadas con una larga cuerda al tronco de cualquier olivo o árbol resistente, para evitar cualquier daño a los pejuares cercanos; con lo que todos se sentirían más descansados al día siguiente por haber evitado la ida y vuelta de aquél largo camino. Se tenía al uso, de muchos campesinos alejados del hogar, el pasar la noche bajo las estrellas, cuando las lluvias no habían hecho acto de presencia durante el mes de abril y los campos habían absorbido o evaporado la humedad de las escarchas, que habían caído durante las madrugadas. Sin embargo, todos clamaban al cielo para que lloviese, pues los campos estaban resecos de tantos días soleados y la tierra empezaba a cuartease por la falta de agua y, con ello, se empezarían a secar con más rapidez las siembras, que era la base fundamental de sus sustentos. En la penumbra del ocaso de aquél día, todos daban por terminadas sus faenas y se disponían a preparar un hermoso fuego, cerca del hato, donde podrían calentar sus propios cuerpos y las viandas para la próxima cena –casi siempre consistente en un trozo de bacalao asado o una arenca, que desmenuzarían sobre un plato de pipirrana (tomate, cebolla, pepino, pimiento, alguna naranja, sal, aceite y vinagre), todo muy bien picado-, pues en la mayoría de las ocasiones, era el único manjar para reponer fuerzas después de una larga jornada de trabajo. Algunos de ellos podían recrearse además con un chorizo, morcilla o trozo de tocino, que tumbaban sobre un pedazo de pan cateto e iban cortando en pequeñas rodajas a medida que metían la zopa de pan –pincha en la punta de la navaja- en el plato de picadillo a forma de palaustrada, hasta que daban buena cuenta de su sustento. Casi siempre les habría anochecido y algunos de ellos, liarían un hermoso cigarro de picadura, que hábilmente habrían confeccionado con esmero desde sus propias petacas –a fin de no desperdiciar, ni un grano o hebra de tabaco- y la mayoría de ellos se habrían incorporados para darle una vuelta a sus bestias o llevarlas al abrevadero más cercano, procurando dejarlas lo más libres posibles -con el fin- de que no se fuesen a encabritar o a liarse con las cuerdas durante la noche; muchos de ellos echarían alguna meada o activarían alguna otra necesidad, antes de volver al aparejo para echarse sobre algún saco vacío o sobre la albarda del aparejo, tratando de coger el sueño reparador cuanto antes. No había pasado ni la medianoche cuando una tremenda y seca explosión  sacudió toda la comarca y, Juan –que era el más viejo de los tres amigos y vecinos, que estaban durmiendo en el interior del empedrado de la era: saltó como un resorte, como si hubiese sido absorbido por alguna fuerza estelar, que se lo quisiera llevar de este mundo; pero aún le dio tiempo para sorprenderse del terremoto que se estaba produciendo; los otros dos Paco y Pepe, se pudieron incorporar rápidamente tambaleándose, como si estuviesen bien bebidos y cuando pudieron darse cuenta los tres de lo que estaba ocurriendo, la tierra se deslizaba como un alud de barro emborrizando un pedregal sin límites, que iba arrastrando con buen ímpetu muchos de los olivos y árboles de gran porte, así como los majanos de aquellos pedregales del entorno, que durante tantos habían  ido formando ellos mismos, hasta dejar sus campos cultivables. Ha llegado el fin del mundo gritó Pepe, que estuvo a punto de entrar entero por una de las grietas que se abrió a sus pies. Mientras Paco, que había sido desplazado más de cincuenta metros –más al sur de la era- difícilmente permanecía cogido a una de las cuerdas de un mulo, que había entrado entero dentro de una de aquellas grietas y no había llegado más profundo porque el acebuche al que estaba atado el animal, aún no había cedido, debido a las fuertes raíces, que lo sustentaba. Los tres estuvieron anonadados por espacio de varios minutos, mientras podían observar torpemente –tras de sí-, como una masa blanquecina de polvo, que refractaba la luz de la luna y de las estrellas, se iba extendiendo a un ritmo ascendente y expansivo por todo el entorno; era la Sierra Prieta del Juncal, que se había abierto en su mitad y se deslizaba ladera abajo, arrastrando con ello todo lo que cogía a su paso; con una fachada de más de dos kilómetros la cornisa de aquella mole de piedra se separaba de su base, a la vez, se iba introduciendo sigilosamente por debajo de las tierras de labor colindantes formando pequeñas colinas y socavones en todos los pejuares limítrofes y por una extensión de más de diez kilómetros de diámetro. Cuando todo pareció estar más en calma o creían que se había acabado el cataclismo, ya empezaba a despuntar el día. Pudieron observar que sus tierras y ellos mismos, se habían desplazado algo más de tres kilómetros y los pejuares se habían convertido en un mar de piedras y socavones ondulantes en su mayoría enterrados por el cataclismo; los animales se habían soltado de sus cuerdas y algunos de los árboles habían desaparecido totalmente o en algunos de ellos, sólo se les podían apreciar, al ver las puntas de algunas de sus ramas más altas asomando al exterior, como si hubiesen sido recién puestos ese mismo año,  como plantones enraizados de invernaderos. Uno de los mulos desapareció de la faz de la tierra, pues no pudieron dar con él, a pesar de todo el tiempo, que lo estuvieron buscando al día siguiente del suceso; muy posiblemente habría desaparecido en alguna de las profundas gritas que se formaron. Al que pendía de la cuerda amarrada al fornido acebuche y que también sostuvo a Paco, aquella fatídica noche, lo pudieron recuperar con enormes esfuerzos y debido a la  habilidad de pensamiento que empleó Juan para hacerlo, pues tan pronto como pudieron salir de su asombro, los tres se pusieron a rellenar con piedras, ramas y tierras cercanas la gran grieta que se hizo delante del mulo,, hasta que el pobre animal pudo encontrar apoyo con sus cuartos delanteros y al cabo de mediodía pudieron sacarlo de aquella grieta. El animalito salió de aquella trampa mortal con enormes mataduras en sus costillares y con varios chichones en la cabeza, pero donde seguramente había sufrido mayor herida era en su quijada inferior, al haber estado sostenido largo tiempo por la serratilla, que le había llegado hasta la quijada y gracias a que la jáquima llevaba una fuerte correa, que le envolvía la quijada, pegada al cuello, que si no llega a ser por ese pretil, el animal –con su peso- se habría escapado de la jáquima y seguro que estaría en lo más profundo de la gran grieta. La carretera comarcal, que comunicaba el pueblo, con otra población vecina, había desaparecido en más de dos kilómetros o se encontraba a trozos, como si hubiese sido descuartizada y descompuesta; se encontraba aún deslizándose mucho más al sur, por debajo de su trazado anterior. La gran fuente de la Malena con su gran pilón, el enorme depósito para el llenado de camiones y el kiosco de refrescos y chucherías de Alonso, se lo había tragado la tierra: había desaparecido en su totalidad y seguramente con su dueño dentro, pues solía vivir siempre en él. La casilla de peones camineros cercana también al gran llano que formaba la fuente y el kiosco, se había esfumado completamente. Dos de los cortijos (la Malena de arriba y la Malena de abajo), ambas cortijadas con terrenos de labor de cereal de secano de más de 100 hectáreas de tierras fértiles se habían convertido en un pedregal de enormes bolos salidos de las entrañas de la Tierra. Sus cortijadas, con las personas y ganados de varias especies, se los había tragado la Tierra. El caos era total al día siguiente, mirasen por donde mirasen. Ninguno de los tres hombres, sufrieron percance físico alguno, excepto el gran susto que se llevaron la noche pasada, por el gran cataclismo, que estropeó sus siembras y socavaron sus tierras en las que tanto se habían afanado para poder sacar sus cosechas de cereal adelante y la pérdida del mulo de Paco, que –el pobre animal- no llegó a aparecer por ninguna parte, a pesar de la intensa búsqueda a la que se sometieron durante varios días. Cuando estaba llegando el ocaso de aquél día incierto: aparecieron las tres mujeres con sus respectivos hijos, buscando a sus maridos, pues todos llegaron a creer que habían desaparecido con aquél tremendo terremoto. Fue grande la alegría que todos sintieron al poder apreciar que no habían sufrido graves daños personales. Como pudieron se consolaron unos a otros y todos daban gracias a Dios de no haber perdido la vida, pues todos llegaron a creer que el mundo tocaba a su fin. La noticia fue grande por toda la comarca y muchos municipios llegaron a organizar excursiones para sorprenderse de las fuerzas que podían llegar a tener la Naturaleza; quedaron extasiados, admirando los movimientos de tierras y peñascos de grandes proporciones, que había producido aquél cataclismo. La ruta comarcal estuvo cerrada mucho tiempo y sólo los más atrevidos hicieron una trocha terriza con el paso de sus vehículos, por cuyas rodadas, a finales del verano: llegaron a poder usar temporalmente para medio transitar por aquél enlace, que aún no ha podido ser reparado adecuadamente. Poco a poco se fue normalizando aquella zona de deslizamiento y hasta se tuvo que dejar de buscar a los desaparecidos de ambos cortijos y a Alonso el del kiosco, pero la trocha hecha por las rodadas de los vehículos, fue inoperante nuevamente al llegar las primeras lluvia del otoño, que aparecieron en los primeros días del mes de octubre. Juan, Paco y Pepe (los agricultores sorprendidos en la era pasadas las 12 de la noche de aquél sonado acontecimiento), se esmeraron y volvieron a sus tareas cotidianas, quizás con más ímpetu y tesón. Consiguieron taponar lo mejor posible las enormes grietas, que se habían abierto en sus campos, las cuales fueron rellenando con todos los peñascos que aparecieron por los alrededores y con enorme esfuerzo       -trabajando de luz a luz- pudieron sacar adelante sus respectivos pejuares, aunque la cosecha final, les quedó menguada en más de un 50 % de  lo que esperaban cosechar; doblaron sus esfuerzos y se apretaron el cinturón al máximo para poder sacar a sus familias delante de la penuria que se les avecinaba. Nunca llegaron a cobrar ningún tipo de indemnización estatal por aquél desgraciado acontecimiento; tampoco existían –por aquél entonces- ningún tipo de ayuda para esos casos o quizás no supieron hacer ninguna reclamación, que paliase su desgracia. Tan sólo sabían a ciencia cierta, que de tal trance tenían que salir por sí mismos. Cuando pudieron recoger la menguada cosecha, volvieron cada día a sus tierras y haciendo uso de los mulos arrastraron los grandes peñascos, que aún quedaban y que sobresalían en los campos, formaron muchos majanos alrededor de los más voluminosos, que no podían mover; llegando a dejar las tierras cultivables limpias para la próxima siembra, aunque menguadas en su superficie útil. Al unísono, con gran esfuerzo de los tres amigos y ayudados de sus respectivas bestias, consiguieron dejar el terreno preparado para la sementera de la próxima temporada, que casi siempre empezaba poco después de la caída de las primeras aguas otoñales. Estás se presentaron en la primera quincena del mes de octubre y como los terrenos se habían movido bastante con el terremoto y la recogida de los pedruscos, dispusieron formar entre los tres una especie de cooperativa, haciendo de los campos de los tres una sola unidad productiva a la que dedicarían todas las tareas necesarias en común y de igual forma la cosecha resultante la repartirían como buenos hermanos. Idearon sembrar todo el campo (unas siete fanegas) de trigo rabón, que parecía ser el más productivo para la zona. Idearon previamente, cuando consiguieron la anterior cosecha –la que se vio menguada por el terremoto-, que las mujeres y los niños fuesen seleccionando la semilla de mejor aspecto: los granos más grandes y de mayor calidad –a simple vista-; tarea difícil y entretenida, pero Juan pensaba que de esa forma podrían sacar una muy buena cosecha en la siguiente; así lo hicieron hasta que consiguieron reunir la simiente necesaria para la siembra. Posteriormente sulfataron los granos con Piedra Lipe (sulfato de cobre rebajado) para evitar los hongos, que suelen proliferar en los granos de trigo. Cuando llegó el momento, Juan y Paco uncieron dos yuntas de mulos y José se dedicó rociar los trigos por las besanas y a cavar los camellones, que el arado iba dejando atrás o cuando se encontraba con alguna piedra insorteable o algún encuentro de los árboles que quedaron en el campo. Tardaron casi una semana en hacer la siembra, pero afortunadamente tuvieron muy buen tiempo y como había llovido bien, a los pocos días empezaron a aparecer los primeros brotes de un trigo, que empezaba a reverdecer los sufridos campos. Mientras tanto ellos no se dedicaron a holgar, pues habían preparado medio saco de almendras agrias, que empezaron a sembrar en los propios campos -con una separación de 4 por 6 metros-, poniéndoles una media caña hincada, para poder distinguir el sitio donde estaban sembrados una vez que el trigo creciese y los tapase, con objeto de tener mucho cuidado de no arrancarlos al efectuar las labores de la escalda o no segarlos con la mies del trigal. También pusieron tres varetas de higueras brevales en cada uno de montones de pedruscos que habían reunido y que seguirían siendo grandes majales de piedras por tiempo inmemorial, donde seguro que se guarnecerían gran parte de los conejos que pululaban por aquellas tierras y que no llegaban a ser dañinos para las cosechas, porque ellos siempre estaban pendientes de ponerle buenos cepos, con los que hacían la caza necesaria para tener bien abastecida las necesidades de las tres casas. Tuvieron la suerte, pues casi todas las almendras germinaron y crecieron a la par que el trigo sembrado y las higueras brevales llevaban un ritmo de crecimiento vertiginoso. En los primeros días de febrero, dispusieron darle una buena escarda al sembrado y siempre tuvieron mucho cuidado de no dañar o arrancar los almendros y de mantener las cañas en sus posiciones, para no perder el sitio de los recién nacidos almendros. Aquel año las cañas de trigo rabón nacieron con mucha calidad e incluso llegando el mes de abril muchas de ellas iban acompañadas de numerosos hijos, por lo que  los tres amigos y labradores unificados estaban muy contentos porque esperaban una gran cosecha del dorado grano. Para mejor augurio llovió bien los días 20, 21 y 22 de abril, con lo que aseguraba un excelente grado de humedad  a los campos, para que pudiesen granar todas las espigas de aquél trigal. Cuando vieron que  la tierra había oreado lo suficiente, como para que el terreno no se pegase al escardillo; decidieron dar una nueva escarda al campo de trigo, a la vez que manoteaban algunas plantas de avena, con objeto de  evitar, que sus semillas quitasen calidad al trigo recogido, pues estaban seguros, de que aquella simiente la podrían vender a buen precio a otros agricultores, especialmente por haber sido bien seleccionada, previamente a la siembra; aunque muchos de los que se enteraron de tal selección, lo habían tomado a chanza, al no creer, que tal acción iba a influir positivamente en la mejor o peor calidad a la hora de proceder a la recolección del grano, pues pensaban que cada grano, que fuese bien sembrado, forzosamente tendría que germinar y daría su espiga. Ellos hacían caso omiso de los comentarios de sus vecinos y se limitaban a atenderlos con cortesía, aunque pensaban para sus adentros, que llegado el momento, si todo salía como esperaban, tenían la seguridad de que su cosecha tendría mucha más calidad y daría más kilos por fanega de tierra, que la de sus vecinos, que ahora se chanceaban de ellos -por haber seleccionado el grano a sembrar-. Llegado el mes de mayo, el trigal de los tres amigos (Juan, Paco y José) destacaba sobre los demás trigales: las cañas eran mucho más fuertes y algo más largas y sobre todo las espigas estaban granando en su totalidad, algunas de ellas hasta con 40 granos de trigo y tres o cuatro hijos, que se elevaban mucho más arriba, que las de los pejuares de los vecinos. Muchos de estos vecinos, ya no se jactaban de ellos al ver las variaciones sobre el terreno, pues las diferenciaciones de sus pejuares con los de los paisanos Juan, Paco y Pepe, que habían seleccionado la semilla, era palpable y hasta empezaban a mostrar cierta envidia de la excelente labor que habían conseguido a sus campos, que sin duda alguna, aparecían mucho más desarrollados y de mejor calidad que los suyos. Llegada la segunda quincena del mes de Junio muchos de los vecinos empezaron la siega de sus campos mucho antes de que lo tuviesen que hacer los tres amigos en los suyos, pues en muchos róales de estos campos aparecían secos completamente, mientras que en los campos de los tres amigos, se podía notar aún el verdor pajizo del trigal, que ya había madurado completamente, pero aún no denotaba la seca total e las cañas. Sin duda algunas, las dos escardas que proporcionaron al campo,  habían favorecido enormemente la granazón de las espigas. Casi a mediados del mes de Julio empezaron los tres amigos a segar sus campos y sorprendió a todos la cantidad de haces, que iban formando tras de ellos, con las espigas bien granadas, sobresaliendo por los extremos de los haces y, sopesándolas, parecían pesar más del doble de las otras, que siempre habían segado; asi llegaron a consumir la primera quincena del mes de Agosto, para poder llevar los haces a la era y la barcina, se hizo bastante atareada, por lo grandes y pesados que eran los haces de mies y los mulos con diez de ellos ya tenían repletas las angarillas con las que hacían las barcinas y, aunque el camino era corto hasta la era -donde les sorprendió el terremoto el año anterior-, estuvieron tres días barcinado la mies y amontonando los haces en un lateral del recinto. Tuvieron que hacer cuatro parvas para poder trillar toda la cosecha y emplearse a tope –los tres-, para poder sacar la cosecha, pues era seguro, que se meterían en el mes de septiembre para terminar la avienta y la recolección final. Ese mes entrante de octubre, era muy imprevisible y cambiante para poder terminar las tareas de la recolección del cereal con éxito, pues se podían adelantar las lluvias y entonces les podría llegar la ruina, al no haber podido separar los granos del trigo de la paja y meterlos en sus propios atrojes. La suerte les acompañó y pudieron llevar a buen término sus faenas de recolección y hasta pudieron meter la paja en los pajares, que constituiría la comida de los animales durante el próximo invierno. Posteriormente se dedicaron varios días a sacar los suelos de estiércol de las respectivas cuadras, que fueron llevando en grandes serones  a los campos, llegando a extenderlos con hermosos biérgoles, mientras dos de ellos araban el rastrojal de la cosecha, que cubrían los campos y el tercero –de ellos- cavaba los camellones dejados sobre los almendros, los encuentros de los árboles más grandes y los alrededores de los majanos. Cuando hubieron terminado todas las faenas y cada producto estaba en su sitio –los granos de trigo en los atrojes, la paja en los pajares y las granzas extendidas en las cuadras o amontonada en los accesos a las cuadras, donde no pudieran mojarse, se tomaron tres días de descanso, coincidiendo con los festejos del pueblo. Las tres familias se reunían al mediodía para celebrar un almuerzo en la casa de cada uno de ellos por turno y posteriormente llevaban a pasear por la feria a sus congéneres, especialmente para que la chiquillería pudiese disfrutar de los pasatiempos instalados en el ferial. Los niños disfrutaban mucho subiéndose a las barquillas, en la noria e incluso asistiendo a las carreras de cintas de caballos o en bicicleta. Después harían tiempo en la terraza del ventorro de Frasquito, tomando unos vinos o cervezas y refrescos para los niños, mientras hacían hora para el comienzo de la verbena en la plaza central del pueblo, donde se amenizaban las horas de baile con las orquestas contratadas por la Junta de Festejos del Ayuntamiento, para tal fin. La noche se prolongaba hasta altas horas de la madrugada y las parejas y matrimonios solían bailar alegres para despejar sus propios espíritus y tener un buen recuerdo de aquellas fechas. Las mujeres siempre tenían buen tema de conversación para varios días, especialmente para criticarse unas a otras, según sus propios pareceres y los hombres también lo hacían para hacer observaciones sobre algunas hembras, que había destacado por sus hermosuras ante los demás y que para ellos habían constituido el tema sobresaliente a destacar en las fiestas. Muchos de ellos, seguro que las tendrían largo tiempo en sus propios pensamientos y especialmente en su living sexual pecaminosos. Dependiendo de la relación social, que tuvieran con familiares allegados, muchos de los hombres se abstendrían de hacer algún comentario mal visto, para no tener problemas futuros con algún familiar de las encausadas y, casi siempre, quedarían en el fondo de sus memorias como recuerdos placenteros o, para recordarlas, como la imagen del deseo, que nunca podrían materializar. No tardaron mucho tiempo en llegar las lluvias y el terreno bacheado en los primero días de septiembre absorbió toda la lluvia que cayó en la primera quince de octubre. Sobre el 10 de noviembre volvieron a comenzar sus tareas de la nueva sementera y nuevamente habían puesto a toda la familia a expurgar los granos a sembrar, pues ya habían tenido la gran satisfacción de obtener una gran cosecha con la siembra anterior; cuando casi todos los vecinos agricultores se mofaban de su actitud. En esta ocasión, no quedó un agricultor, que no fuese seleccionando los granos a sembrar en sus respectivos campos, al darse cuenta de lo rentable que les había resultado a los tres amigos (Juan, Paco y Pepe), que se habían convertido en tan corto espacio de tiempo en el espejo donde todos se miraban, con respecto a las buenas y rentables labores, que habían sabido hacer a sus campos y que tan buenos resultados les habían proporcionado. Tan pronto como hubieron acabado con la faena de la siembra: Juan ideó y comentó con sus dos amigos (Paco y Pepe) de lo conveniente que sería dedicarse- con el apoyo y las ganas de las tres familias- a seleccionar el resto de los granos de trigo, que aún les quedaba almacenado en sus respectivas casas; pues de seguro los podrían canjear por otras semillas o vender bien a aquellos agricultores, que no habían seleccionado sus propios granos, e incluso con sensible ventaja: a como se estaban cotizando en el mercado, -que normalmente eran los silos de trigos de la comarca-, donde sólo se tenía en cuenta el pesaje de la mercancía que se arrimaba. También acordaron hacer algunas permutas de su cosecha, por otras semillas, como habas, garbanzos, vezas, lentejas, etc., con el fin de ir cambiando el tipo de cultivo a sembrar, pues seguro que mejoraría el rendimiento de las tierras al no estar tan esquilmadas debido a estar siempre soportando los mismos cultivos. Con respecto a esto: había oído Paco en una conversación, que había mantenido el médico D. Luis con el farmacéutico D. Manuel, mientras echaban una partida de ajedrez en la terraza del ventorro: que los campos deben descansar de las mismas cosechas que se siembran cada año, bien cambiándolos de cultivos, por lo menos cada cuatro años de cereal a uno intermedio de leguminosas o dejándolos descansar en barbecho, para que las tierras se oxigenen o nitrogenen, que eso no lo entendió muy bien Paco, pero lo cierto era que los campos requerían cambiarlos de cultivos, cada cierto tiempo, lo que les pareció muy lógico a Juan y Pepe. Aquella conversación se le pegó al oído a Paco y supo enterrarse bien, para luego comentarla con sus amigos Juan y Pepe, que la vieron muy normal y aceptable. Los tres estuvieron de acuerdo en comenzar al día siguiente con la selección del trigo que les quedaba y el resto lo irían llevando al molino, para transformarlo en harina o lo llevarían al silo para venderlo. Todos los miembros de las tres familias se tomaron muy en serio la faena de seleccionar los granos; primero de agenciaron de buenas cribas, donde cernían poco a poco la cosecha e iban cayendo a sus pies los granos más delgados o raquíticos, mientras el tamiz de la criba no dejaba pasar los más granados y hermosos; lo que quedaba en la criba lo iban extendiendo encima de una gran mesa con hule y los propios niños, con mejor vista, eran los encargados de hacer la selección, siempre supervisados por sus madres, que echaban una ojeada a la expurga, cada vez que volvían con la criba y nuevos granos para el proceso. Los granos seleccionados, los propios chiquillos los iban echando en costales de lona, que parecían grandes chorizos, mientras los otros los iban depositando en sacos de los usados para el azúcar, que anteriormente habían comprado en la tienda de ultramarinos del Sr. García. De esta forma, se llegaron a organizar muy bien y cada familia se puso como meta, seleccionar todos los días un costal de grano de la mejor calidad y casi siempre salían dos sacos de los de azúcar con granos de segunda y casi otro tanto de granos cribados, que luego barrían sobre el rincón más amplio de aquella sala, habiendo puesto en su base un gran hule y cartones para que los granos no cogiesen la humedad del suelo. Las tareas se les iban amontonando, pues como los hombres diariamente frecuentaban sus tareas en los campos, no dejaban de traer aceitunas de verdeo, que tenían que echar en agua y posteriormente aliñarlas, para que fuesen comestibles y aún tenían que descapotar, más de 20 quintales de almendras, que habían recogido durante el tiempo de la trilla; pero algunas de esas tareas menos importantes podían esperar, lo que más prisa les corría era la selección del trigo, para poder vender o canjear por otros granos. Una de la mujeres, que parecía la más dispuesta y estar mejor preparada para los negocios, fue la encargada de la venta o intercambio de los granos entre otros agricultores; ya tenía entendido de su marido Juan, que los granos intercambiados, habrían de tener unas características especiales, especialmente en el tamaño y en el aspecto –el de no estar rotos e incluso, que no tuviesen arañazos por los que se les hubieran descascarillado su forma, especialmente. En esto ponía mucho empeño, la mujer, a sabiendas de que la semilla, debía estar con los menores desperfectos posible. No tardaron los tres matrimonios en quedarse sin mercancía que intercambiar -de los granos seleccionados, como de primera- y que siempre vendían al doble del precio de cómo estaba catalogado en el silo o cambiaban un costal por dos de otras semillas y, como les habían cogido buena afición a las tareas; empezaron a intercambiar los granos de segunda con aquellos agricultores, que no habían hecho selección alguna y siempre, lo hacían con mayor ventaja; pues intercambiaban dos sacos de los de azúcar, por tres de los mismos o similares contenidos. Cada tarde noche, cuando daban de mano en sus tareas o los hombres volvían de los campos, las tres familias se reunían en la casa de Juan, que era donde habían instalado el centro de sus trabajos domésticos o lugar de las tareas, por ser ésta bastante más amplia, que las otras viviendas y, las mujeres daban cuenta de los emprendimientos y acontecimientos desarrollados durante el día, muy especialmente de los intercambios que había efectuado mientras los hombres estaban ausentes, a la vez que proyectaban las tareas a desarrollar en la próxima jornada. En muchas ocasiones, todos hacían mesa común, aportando cada familia lo mejor de sus despensas e incluso en ocasiones se intercambiaban las cenas yéndose a la casa de alguno de las tres familias. En efecto, se habían organizado tan eficazmente, que el empuje y tesón en las tareas emprendidas, hacía florecer aquella especie de cooperativa y pronto estuvieron las tres familias en disposición de ampliar el local para poder llevar a cabo, con mayor comodidad y amplitud sus trabajos. En las propias dependencias del patio de Juan, que daba directamente al campo, acordaron construir una especie de nave, para dedicarla a esos menesteres de selección de semillas y para que los futuros clientes, no tuviesen que entrar directamente a la casa de Juan, sino que con mayor comodidad, podían llegar con sus bestias cargadas al patio, entrando por la parte de atrás, que daba directamente al camino. Juan fue precavido cuando dispusieron de instalar la nave para las nueva dependencia en su patio: he incluso hicieron varias consultas con el alcalde, el notario y algunos concejales del municipio para conformar su proyecto de futuro y hasta llegaron a firmar un documento notarial, que recogía los acuerdos consentidos, para que los tres amigos no tuviesen motivo de discordia en un futuro. El ayuntamiento les autorizó a abrir por la puerta del patio de Juan un acceso a carromatos, entrada y salida de cualquier tipo de mercancías y hasta recogía que Juan aportaba los terrenos que iban a ocupar las nuevas dependencias, formando entre los tres una especie de sociedad legal o cooperativa agroalimentaria, donde quedaría legalmente establecida la sede de su floreciente industrial. Establecieron, que el valor que daban a la cooperativa que fundaban estaba establecido en el mismo valor que tendrían las tierras de los tres amigos y que según el cálculo que hizo el Notario se fijó en cien mil reales, lo que fue aceptado por los tres firmantes, con sus respectivas mujeres. Las tres familias lo celebraron al domingo siguiente de la firma del documento, para lo cual compraron un cordero de unos 15 kilos y media cuartilla de vino mosto del arriero Joseico, que aquél año había sacado uno de los mejores vinos del lugar. Al lunes siguiente dieron comienzo a las obras en el patio, que ya era de todos y los tres amigos, se esforzaron en abrir una buena zanja de un metro de ancha, por uno y medio metros de profunda, haciendo una forma rectangular de ocho metros de largo por cuatro metros de ancho. Tardaron varios días en hacerla y casi una semana en rellenarla de grandes piedras, que habían porteado con los mulos previamente: cada vez que iban al campo, se traían unas cuatro angarillas cargadas de aquellas piedras, que habían amontonado en los majanos, cuando el terremoto lo destrozó todo. Cuando creyeron tener suficiente material y antes de que volviesen las lluvias, con las piedras y barro mezclado con cal rellenaron los cimientos, hasta dejarlos como una cuarta por encima del suelo terrizo del patio. Allí tuvieron que dejar la faena de construcción pues los campos les reclamaban para darles la primera escarda y al mismo tiempo aprovecharía para seguir arrimando más piedras, que ahora debería tener unos asentamientos uniformes y a ser posibles lo más manejables posibles, ya que irían a servir de mampostería de los muros perimetrales, que conformarían el habitáculo de la nueva nave de su industria. Aquellos días que aparecían con síntomas de lluvia o más crudos del invierno, los tres se ponían a las tareas de albañilería, que ya conocían de antemano, por haber estado en sus juventudes ocupados como peones de albañil en la confección de algunas casas del pueblo y sólo necesitaban el atrevimiento de empezar las tareas de la construcción y tenían que tener muy en cuenta, de donde debían dejar cualquier mechinal, para colocar el andamiaje a medida que subían las paredes y cómo tenían que enrasar las tongas de piedras grandes con ripios pequeños, para que fuesen subiendo uniforme las paredes. Uno de los vecinos de su misma calle, les vendió a buen precio algunos troncos de álamo blanco, que tenía cortado en la luna menguante desde hacía dos años, con objeto de desenvolver el tejado a su propia vivienda y para favorécelos hasta les regaló cuatro haces de cañas, que también los tenía puestos verticalmente en su corral, para que pudiesen utilizarlos de cañizo cuando llegasen a echar el forjado o techumbre de la pequeña nave. Sólo tuvieron que buscar algunos troncos de encina robusta, que les pudiese servir de cargaderos para formar los dinteles de la puerta de acceso y de los ventanales, que fuesen a dejar a la nave. También encargaron a Luis -el carpintero del pueblo- cuatro ventanas de doble hoja acristalada y con sus respectivos postigos y herraje, pues habían acordado dejar una a cada lado de la puerta principal y una a cada lateral de las paredes perimetrales; en la parte de atrás, que era la pared colindante con el patio del vecino, no dejarían ninguna ventana y sería uniforme con la pared de sierre que tenía hecha el vecino. Al herrero Emilio, le encargaron una hermosa puerta de hierro corredera hacia la parte izquierda, que se desplazaría sobre un riel en la parte baja y otro bajo el dintel en forma de U, por los que circularían las ruedas fijadas a la gran puerta .este sistema acababa de emplearse recientemente y Emilio era un manita para hacerla. No tardaron en tener casi toda la obra preparada y casi acabada, cuando llegó la segunda escarda, pues la techumbre la cubrieron con chapas de Uralita, muy al uso en aquella época, y además tuvieron la precaución de dejarles unos 80 centímetros de saliente por delante y unos 30 centímetros por los laterales y la parte de atrás, que cubría la pared del vecino también la cubrieron con el saliente de Uralita, con objeto de que las aguas no mojasen las paredes y para que el tejado escurriese bien, le dejaron una inclinación de 20 centímetros a toda la techumbre y colocaron grandes losas de piedras apoyadas sobre las paredes perimetrales, sobre las chapas de Uralitas, para que los posibles vientos, no llegasen nunca a levantarlas.  Paco, les comunicó a sus dos amigos, que la inclinación no era mucha y que tenían que estar muy alertas, si algún año nevaba copiosamente, pues el techo podía hundirse con el peso de la nieve. Sólo dejaron para más entrada la primavera el enfoscado de las paredes exteriores. El enfoscado interior, lo acordaron por metros cuadrados con un vecino y amigo, que era buen yesista para que lo diese al yeso vivo, que consideraban el más duro y duradero posible. Cuando Miguel el yesista terminó su tarea de dar el yeso vivo, las tres mujeres empezaron a encalar toda la parte interior, a la que dieron tres manos de cal viva y barnizaron las ventanas por dentro y por fuera y dieron dos capas de pintura negra a la puerta principal corredera. Todo había quedado listo y en buen uso, a excepción del enfoscado perimetral de la parte externa, que llegarían a hacer cuando hubiese lugar  y con tiempo por los tres amigos. Por aquella época, casi ningún niño asistía a clases lectivas, pocos eran los que habían tenido la suerte de nacer de padres instruidos en el pueblo, pues sólo los hijos del notario, los del médico y del farmacéutico estaban recibido la instrucción correspondiente en los colegios religiosos de alguna localidad con más renombre de los alrededores; tan sólo en el pueblo existía un individuo algo instruido, que daba clases particulares; yendo de casa en casa, algunas horas al día e impartiendo las precoces enseñanzas básicas instructivas –aprender a leer, escribir o las cuatro reglas de cuentas (sumar, restar, multiplicar y dividir)-; para aquellas familias más pudientes, que podían costear esos servicios, como eran: a los hijos de algún hacendado, empleados del ayuntamiento y pocos más individuos. También debemos decir: que la idea del aprendizaje instructivo, no estaba catalogado con muy buenos ojos para las clases pobres y obreras, porque muchos ilusos y analfabetos de aquella triste sociedad, pensaba, que: ¿de dónde iban a sacar los dineros necesarios –siendo tal o cual obrero o tan pobres-, como para darle estudios a sus hijos. Lo normal era, que: los más necesitados estuviesen aplastando granzas en algún cortijo de los aledaños y a expensas de algún señorito, que los tenía como esclavos de sol a sol, guardando el ganado o haciendo las más elementales labores del campo, tan sólo por darles la comida, que a especie de rancho, era el sustento de todos los que pernoctaban en algún cortijo del municipio. En contadas ocasiones  se les permitía a estos chavales, ir cada 15 días a sus respectivas casas para cambiarse de ropas y lavarse, y tenían que volver raudos a las tareas que habían dejado atrás, so pena, de perder el trabajo, que desarrollaban para el hacendado; pues hasta había competencia por coger cualquier hueco en esos menesteres. No digamos nada de las chicas jovencitas, que empezaban a servir en la casa de cualquier patrón, pues en la mayoría de las ocasiones, además de ser serviles mandaderas de las señoras; si no andaban bien listas, hasta podían salir con alguna buena barriga del patrón o de sus vástagos, más avispados, que nunca tenían miramiento con las clases bajas. Afortunadamente para las familias de estos tres amigos (Juan, Paco y Pepe) y la de otros paisanos menos agraciados: el ayuntamiento contrató a un policía de asalto, que se había retirado o prejubilado, Don José, quien llegó al lugar con una mano detrás y otra delante y hasta le dieron casa familiar en el propio ayuntamiento y le instalaron una escuela en una antigua bodega del pueblo, que estaba en desuso, donde –siguiendo la orden de un bando, expuesto en varias esquinas de la población-: podrían apuntarse todos aquellos, que estuviesen deseosos de aprender a leer y escribir de forma gratuita. El carpintero Luis, se dio bastante prisa para acomodar algunas banquetas y pupitres artesanales, con objeto de que no le llamasen la atención en el ayuntamiento, pues era la primera vez que dicha entidad, le había encargado algún trabajo y aunque él pensaba en la forma en que llegaría a cobrar su trabajo, puso empeño, para que el nuevo maestro no echase en falta, sitio adecuado para sus alumnos, que en poco tiempo, llegaron toda la clase. En aquella bodega, se constituyó la primera escuela unitaria del municipio y en poco tiempo estaba cubierta con más de cincuenta alumnos de muy diversas edades, pues había educandos de 6 hasta 18 años, siendo mucho más efectivo lo que aprendían unos de otros, que lo aprendido de las clases que impartía Don José. Bien es verdad que la disciplina era acérrima y hasta se armó el maestro de una cuadrangular pata de madera de una silla vieja, a la que terminaron todos por llamar Doña Ciforosa. Aquella pata de casi 60 centímetros de largo por unos 3 centímetros de ancho en cada una de sus cuatro caras, puso a más de uno las uñas negras y con malos pensamientos hacia el profesor; pues si no se habían sabido bien la lección del día, recibiría hasta cinco palos en la punta de las uñas, puestas las manos a forma de huevo. El silencio debía ser sepulcral dentro del recinto de la clase y si el maestro levantaba la vista y cogía a algún alumno de cháchara con el compañero, era llamado a la mesa del profesor y también recibí sus cinco palmetazos, esa vez no en las uñas unidas a forma de huevo, sino con las manos abiertas. Si tenías necesidad de hablar con el profesor para pedirle algún permiso, como el de tener que ir a evacuar la vejiga, tenías que ponerte de pié y esperar a que él te autorizase a hablar. Hubo, quien tenía tal pavor, por pedir permiso, que su timidez le llevó a hacer de mayores en la propia banqueta y se formó la de San Quintín, pero Don José no se alteró, ni tomó represalias con el alumno en cuestión, sólo que nos dio un largo recreo, hasta que vino la sirvienta de la casa del encausado y limpió todo escrupulosamente y hasta perfumó la clase y todos volvimos adentro, como si nada hubiese pasado. Desde entonces el maestro, fue un poco más flexible a la hora de autorizar a los alumnos para usar los servicios, que no eran otros, que ir a evacuar a las afueras del pueblo, que casi estaba colindante con la escuela. Verdaderamente el guardia de asalto se impuso en breve tiempo y los educandos, que nos aplicábamos con gran esmero por el temor que le habíamos cogido a Doña Ciforosa. La disciplina impuesta por Don José, era elogiada en todo el vecindario y ya, no nos enfrascábamos tanto la chiquillería en nuestros momentos de libertad o de pululeo por las calles del pueblo; muchos de los padres, cuando se cruzaban con Don José por alguna de aquellas callejuelas, además de saludarlo y mostrarles sus respeto; cuando alguno se atrevía a preguntarle por sus hijos, siempre terminaban por asegurarle al maestro, que les apretase bien, que la letra con sangre entra. No había chaval, por díscolo que fuese, que en viendo al maestro -aunque fuese por la punta de cualquier calle- no fuese corriendo hacia él, para además de saludarlo, pedirle, si necesitaba alguna cosa. Bien que recordamos la mayoría de los que asistimos a sus clases, la efectividad de sus enseñanzas. Contaré como anécdota la siguiente: una tarde inesperada, Don José organizó una inspección entre su alumnado, para averiguar lo que llevaban encima sus educandos y encontró entre otras cosas, que cuatro de ellos llevábamos en los bolsillos una petaca con parte de tabaco de picadura, encendedor de yesca y un librito de papel de fumar. Inmediatamente lo confiscó todo y nos citó al día siguiente –que era sábado y no había clase; a la hora del recreo, las once de la mañana-; estuvimos puntuales los cuatro. Se quedó a solas con los cuatro a puerta cerrada –entre ellos estaba su propio hijo-; previamente al salir de clase aquella tarde de la inspección, se fue directo a la tienda de ultramarinos del Sr. García y compró dos metros de cordel de pita blanca, como el dedo meñique de grueso; cuando llegó a su casa, la puso a remojar en un cubo con agua y a la mañana siguiente la sacó y la puso en una bolsa y se la llevó a la escuela. Aquél sábado, cuando cerró la puerta de la escuela, nos hizo quedar en paños menores, alguno de nosotros no llevaba ni calzoncillos, pero no le importó; empezó a dar zurriagazos con aquél cordel a diestro y siniestro, que muchos de nosotros vimos venir el efluvio de aquella bodega añeja hasta que nos tumbó en el suelo. Fue entonces, cuando tuve los primeros malos pensamientos para con el maestro y para con mi propio padre, que permitía tal atrocidad, pues se daba la circunstancia, que por aquél entonces yo ya fumaba delante de mi  progenitor  y, tan sólo me recriminó –cuando me vio por primera vez fumando, con aquellas palabras, que aún recuerdo con gran cariño: ¡ay gorrión, que ya te gusta el tabaco!, como si quisiera ensalzar mi hazaña de lo hombre que era entonces. Cuando Don José se hartó de dar cuerdazos, volvió a meter el cordel en la misma bolsa, se marchó del recinto y sin cerrar la puerta tras de sí, -sin echar la llave-, seguramente se encaminó a su casa, como si nada hubiese pasado. Todos recibimos una buena lección y aquella hazaña del maestro se comentó por todo el pueblo y la comarca, por bastante tiempo; pero desde entonces, la triste realidad, es: que voy rondando los setenta años, aún fumo y desde aquél día me emancipé interiormente de todo lo ajeno, para no hacer caso, nada más que a mi conciencia, pues aquella fue una suave y muy buena clase de urbanidad para el comportamiento de un adolescente de 14 años, que a mí me perdurará mientras viva. Cuando Don José abrió la puerta de la calle el próximo lunes lectivo, para que los chicos entrasen a clase, la mitad de sus educandos no estaban presentes. Hay que decir, que no hubo ni un solo padre, que fuese a pedirle explicaciones al maestro; pero aquella clase se volvió a llenar de nuevo en poco tiempo. Cualquier maestro de hoy en día, que llegase a ejercitar ese correctivo, estoy seguro que sin juzgarlo sería lapidado por los propios padres; pero en honor a la verdad, hay que decir aquello, de: ni tanto, ni tan calvo; pues bien es verdad, que la disciplina debe existir para captar la mayor atención de los educandos, pero nunca se debe tolerar los daños físicos de aquellos tiempos. Bien es verdad, que hay otros muchos métodos más encomiables para enseñar a los niños, pues creo que aquellos cuatro precoces mozos, siguieron fumando a escondidas del maestro y alguno lo haremos de por  vida; aunque sea el tabaco el que nos mate, ya que no lo consiguió el maestro entonces, quien también fumaba amarillos caldos gallina. Las épocas han cambiado mucho en las formas de impartir las enseñanzas a los más neófitos, pero también ha ido en detrimento la falta de interés, la disciplina, el respeto hacia los mayores y muy especialmente a los educadores, especialmente porque estos no han sabido implantar la Paidología necesaria, para tener la atención y el respeto de su alumnado. Cuando el pan escasea, seguro que se le tiene mucho más aprecio, que cuando sobra y es cuando se tira al contenedor de la basura, sin darle el necesario aprecio y anulándolo sin miramientos. De aquella clase unitaria, muchos alumnos terminaron el bachillerato e incluso terminaron alguna carrera de tipo medio, como Maestros de Enseñanza Primaria, Peritos Industriales o Agrícolas; otros muchos entraron en el Seminario Diocesano, llegando a ordenarse hasta dos de ellos y algunos emprendieron carreras superiores en las facultades de Medicina, Farmacia y hasta en la de Ingenieros. Algunos otros se dedicaron al campo como labriegos de sus propios predios y seguramente no avanzaron más en sus estudios; pero todos ellos guardamos como un tesoro, la severidad de aquél maestro, que supo poner orden entre los chicos del pueblo de aquella época, que no sabíamos hacer otra cosa, que apedrear perros o correr mulos por los barbechos, cuando previamente le habíamos puesto –con la pistola de agua- un chicotazo de gasolina en el culo, para hacer cualquier apuesta de comprobar quien aguantaba más encima del animal corriendo por los campos a través, como un vacuno al que picó la cuca.

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