EL TAMBOR LEJANO
Varias preguntas repicaban tercas en su cabeza: ¿Dónde estaba la fuente inagotable que convocaba sin remedio a una fiesta tradicional, aquélla que se celebra con orgullo alrededor de los toques de tambor, acordeón, violín, cantos o bailes folklóricos? ¿Qué hacía llegar de los lugares más remotos y de pocos recursos a personas que atesoraban las fórmulas clásicas de la música y bailes vernaculares en una fecha determinada desde que la historia era historia? ¿Cual era el secreto que les convocaba, que llamaba desde la sangre, desde lo más hondo e insondable para juntarles?"
Una tarde, agotados los cuentos, narradas las situaciones familiares y discutidos los problemas del pueblo, apareció en el portal de la casa un primo lejano, siempre bien recibido, a pesar de sus larguísimas ausencias.
De movimientos briosos, risa fácil y contagiosa, sólo aparecía por la casa en ocasiones que él llamaba “convocatorias del pueblo”. Sentados juntos en el portal, Orestes aprovechó para contarle su inquietud, sus ganas de encontrar la raíz de las fiestas populares que observaban en las calles. En fin, el lugar en que nacía aquel llamado vital e ineludible por el folklore.
El primo se le quedó mirando un minuto y dijo: - Cuando bajo al pueblo, paso cerca de la región donde originalmente lo fundaron, y si son más de las siete de la noche, siempre escucho un tambor de orden que parece animar alguna fiesta. Nunca me he atrevido a meterme en aquellos montes para ver de qué se trata, pero la música que se oye es la más hermosa que puedas imaginar. Quizás allí esté la respuesta a tu búsqueda. Pero yo no iría a encontrarla.
Lo dicho fue suficiente. Al otro día, Orestes alistó su mochila. Antes de salir de casa, su abuela Esmeralda lo tomó por un brazo y le dijo:
- Hay cosas que mejor se dejan quietas, el camino que lleva a aquel viejo pueblo es muy largo y oscuro. Cuidado te encuentras con algo que no estás buscando o te pierden las brujas.
La miró sorprendido. No podía creer lo que le había dicho. Le dio un beso en la frente y partió riendo.
La vieja señora no se equivocó, el viaje fue largo. Ya de noche y algo cansado de manejar por un camino rodeado de potreros, a eso de las siete de la noche se encontró súbitamente frente a un caballo en soltura. Frenó con rapidez viendo cómo el animal trataba de esquivarlo cayendo al final bajo el vehículo. Se quedó paralizado unos segundos y, al bajar del carro, no encontró nada. Sorprendido, dio una mirada por los alrededores, pensó que era imposible que el caballo se hubiese levantado sin que él lo viese. No entendía lo que había ocurrido.
Mientras estaba allí, inmóvil, empezó a caer un fuerte aguacero que duró quizás siete segundos, y tan bruscamente como dio inicio, terminó. Luego, sintió una leve brisa y la música. Al principio era un murmullo, luego lo abarcó todo. Se trataba de un tambor. Se sintió aliviado, aquello significaba que no estaba solo en medio de aquel extraño paraje.
No había carretera a la vista. Sólo encontró una angosta trocha en medio del monte y que sugería la posibilidad de ubicar a los autores del festejo, por lo que abandonó el automóvil y se adentró en el campo, dispuesto a encontrar aquel tambor lejano.
Luego de caminar más de una hora, y a punto de abandonar su propósito, distinguió la luz de unas casas. Se acercó cautelosamente. Las viviendas, sus horcones y tejados se veían en perfectas condiciones, contrastando con la idea de un pueblo abandonado. No se encontró con nadie hasta llegar al parque central. Se acercó sin saludar, no quería interrumpir la fiesta, sin embargo, todo parecía indicar que no les extrañaba su presencia. La noche era muy oscura, ni las luciérnagas parpadeaban.
Fue invitado a participar en la celebración. La cantadera era la más hermosa que había escuchado y el tambor de orden le causaba un alborozo indescriptible. Las parejas hacían un gran ruedo y se turnaban en el baile. Los pasos ejecutados eran de una destreza envidiable. Estaba tan concentrado en todo lo que veía que no se percató que el pueblo estaba situado en un simple claro del monte, en medio de ninguna parte, rodeado de potreros maltrechos y, además, sin ninguna carretera de acceso a la vista.
El tambor no parecía acabar nunca, era como un torbellino inagotable de música. De repente, su mirada se fijó en una joven que entraba al ruedo sin pareja y al compás de los tambores hacía volar su pollera con un donaire embrujador. Un profundo sopor le fue invadiendo, sin darse cuenta se quedó dormido. Al día siguiente, una gran lluvia que duró siete segundos lo despertó en un solar vacío, sin fogata ni pueblo. Buscó en vano el lugar en que había estado y luego de dar muchas vueltas, concluyó que estaba perdido sin remedio…
Ya a eso de las siete de la noche, empezó a caer un fuerte chaparrón y al terminar, volvió a escuchar el sonido del tambor lejano. Corrió hacia el sitio del que provenía la música y se encontró de frente con el pueblo y la rueda de bailarines. Nadie supo explicarle qué le había ocurrido. Simplemente lo oían con rostros desconcertados y continuaban con su baile.
Le ofrecieron de comer y algunos tragos. Recobrada la serenidad, observó que un indígena lo miraba fijamente, se le acercó y le contó lo que ocurría, le rogó que le ayudara a salir de allí, pero sólo recibió como respuesta: - Eso es imposible, yo llevo varias vidas tratando de hacerlo...No entendió, pero antes de hacer alguna pregunta, el indígena agregó: - Hay cosas que mejor se dejan quietas.
De inmediato, recordó las palabras de su abuela. Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras volvía a danzar la alegre montuna que había admirado la noche anterior. Repentinamente, todo le fue revelado. Se secó el sudor frío que le cubría la frente, y decidió participar de aquel tambor. El repicador había adquirido vida propia. Su ritmo atravesaba la piel, cosquilleaba en la sangre y llamaba sin remedio al baile.
Esta vez lucharía contra el sueño, quería descubrir qué ocurría en aquel pueblo situado en el limbo. ¿Continuaría aquel tambor de orden si permanecía despierto, o acaso saldría el sol al tiempo que desaparecía todo?
Orestes se dejó llevar por la música, esperando sin remedio el desenlace…Todavía hoy, espera.
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Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
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