Tarde gris, la lluvia dudaba de presentarse.
Camila no se dejó asustar con el mal tiempo y decidió visitar la Exposición de Artesanía Regional, organizada por la Asociación del Norte, como lo tenía planeado desde ya un mes.
No era un escritora conocida, aunque su amor por las letras le había otorgado varios reconocimientos por aquí y por allí. Su tendencia eran los relatos y cuentos, los temas preferidos eran los simples, especialmente los de la vida diaria, esos que dejan un sabor de querer leer más.
Fue cuando publicó en su Blog, “El inocente”, uno de sus cuentos más cortos, que la repercusión fue tal, que no dio crédito a los cientos de entradas que colmaron la capacidad de su rincón literario.
Y desde entonces, fueron varios primeros puestos en concursos, invitaciones a debates literarios, y un sin fin de elogios, que fueron llenando su vida y su ego.
Llegó al lugar de la Exposición y comprobó que un considerable público estaba recorriendo las distintas salas.
Decidió empezar por la sección de pinturas y bosquejos de artistas jóvenes.
Aquello era un popurrí de colores que atraían, uno más atractivo que otro; estaba caminando disfrutando de aquel mundo imaginativo de los principiantes del pincel, cuando se encontró frente a un lienzo sin marco de no gran tamaño, quizás unos cincuenta centímetros de alto, que llamó su atención en demasía.
Simplemente se podía apreciar un árbol caído a orillas de un pequeño riachuelo...parte de sus ramas con su concebidas hojas, parecieran acariciar el tranquilo flujo. Más arriba un cansado sol alumbraba la escena del encuentro entre un quizás sediento árbol y la frescura de la corriente.
Camila quedó anonadada, era algo tan simple, tan natural, tan común, más era imposible dejar de apreciar está creación de un joven pintor.
Quiso saber detalles de autor de la obra que había escrito con pequeñas letras, en la parte superior izquierda, Lucecita, nombre muy peculiar por cierto.
Consiguió entablar una charla con la encargada, y continuó asombrada cuando ésta le informó que se trataba de una jovencita de escasos trece o catorce años como máximo, que vino acompañada por su abuela; la niña, pues así aparentaba, pidió expresamente que no encuadraran el lienzo, y lo cuelguen de la cuerda que ella había colocado para tal fin.
No fue fácil conseguir la dirección de la pequeña artista, pero al fin consiguió su propósito.
Luego de no pocos pedidos y rechazos, logró enterarse que abuela y nieta, vivían en un pequeño poblado distanciado más de cincuenta kilómetros de la ciudad.
Intrigada por la joven artista, Camila decidió visitarlas. Una tarde, después de un largo viaje por carreteras serpenteantes, llegó al diminuto poblado.
El aire olía a tierra húmeda, y la tranquilidad que lo envolvía contrastaba con la intensidad de su curiosidad.
Tocó a la puerta de madera desgastada de la modesta casa. La abrió una mujer mayor, de rostro amable, con arrugas que contaban historias de una vida sencilla y serena. La abuela, al parecer, pues en cuanto Camila mencionó el cuadro, sus ojos se iluminaron con un destello de orgullo discreto.
—Lucecita está en el jardín —dijo la abuela con una sonrisa cálida—, siempre está dibujando o mirando el río.
Camila la siguió hasta un pequeño espacio verde detrás de la casa. Bajo la sombra de un árbol, estaba Lucecita, una niña menuda, con el cabello desordenado y los dedos manchados de grafito. Dibujaba concentrada, como si el mundo a su alrededor no existiera.
Camila se acercó despacio, sin querer interrumpir el momento. Al verla, la niña levantó la vista y la observó con una curiosidad serena.
—Me encanta tu cuadro —dijo Camila, sentándose en el suelo junto a ella—. Es...diferente. tiene algo que no se puede explicar fácilmente.
Lucecita sonrió tímidamente y, con un gesto casi despreocupado, respondió:
—Es solo un árbol. Me gusta cómo se ven cuando caen, como si estuvieran descansando, pero todavía abrazan el agua.
Ese comentario, tan sencillo y profundo a la vez, dejó a Camila sin palabras. Se dio cuenta de que había encontrado en la niña algo más que talento: una mirada única, pura, que capturaba lo que otros pasaban por alto.
-¿Desde cuándo pintas?
-No sé...desde chica me gusta pintar, es como respirar, ¿se puede dejar de respirar?, no...bueno tampoco puedo dejar de pintar, ¿me entiende?
Camila, la miraba y no sabía como mantener la conversación, es más sentía que la estaba molestando con sus preguntas tan banales.
-¿Usted es pintora?
-No, pero me gusta apreciar pinturas sobre la naturaleza y también sobre pájaros.
-Ahhh...¿le gusta cómo pinto?
-Mucho, vi tu cuadro en la exposición y lo pienso comprar, es por ello que he venido a visitarte para conocerte, ¿no te molesta mi presencia?
-Por favor, cómo me va a molestar, nosotros no somos de recibir visitas, muy de vez en cuando algún familiar, pero nunca gentes extrañas.
-¿Tienes guardados los cuadros que pintaste?
-Por supuesto, vamos para la casa y se los muestro, ¿quiere?
-Será un gusto, adelante, te sigo...
Camila pasó la tarde con Lucecita y su abuela, conversando, escuchando, observando.
La niña tenía una forma de mirar el mundo que la desarmaba.
Cada comentario suyo parecía sacado de un viejo libro de poesía, aunque se notaba que no lo hacía con intención: simplemente hablaba como sentía.
La abuela le ofreció mate, y mientras compartían el silencio del campo y la calidez de la tarde, Camila pensó que aquella visita no era casual.
No era solo el talento de una joven promesa lo que había ido a buscar, sino una especie de verdad escondida entre los pliegues de lo cotidiano.
Algo que había estado perdiendo con los años, entre premios, entrevistas y publicaciones.
Antes de irse, le preguntó a Lucecita si tenía más dibujos.
La niña asintió y desapareció dentro de la casa.
Regresó con una caja de cartón raída, donde guardaba decenas de hojas, algunas arrugadas, otras aún húmedas.
No había técnica perfecta ni intención de complacer.
Había, en cambio, una honestidad cruda, como si los dibujos fueran extensiones de su forma de sentir.
Camila los revisó uno por uno, con cuidado, y se sintió conmovida hasta las lágrimas.
En muchos de ellos aparecían árboles: algunos solos, otros rotos, otros abrazados por la lluvia.
Siempre árboles, y siempre con ese aire melancólico que hablaba de algo más profundo.
—¿Por qué tantos árboles? —preguntó Camila al fin, sabiendo que la respuesta sería distinta a cualquier otra.
Lucecita bajó la mirada y dijo, apenas en un susurro:
—Porque son los únicos que me entienden cuando no quiero hablar.
Fue en ese momento cuando Camila decidió escribir sobre ella.
No solo sobre su talento, sino sobre su mundo. Sobre esa sensibilidad que no se enseña ni se aprende, que simplemente nace con algunos y florece si se la cuida.
Semanas después, su nuevo cuento titulado: °Sin nombre°, apareció en su blog.
No dio detalles de la artista, ni el nombre del pueblo, ni de la abuela.
Solo relató el encuentro entre una escritora y una niña que veía a los árboles como seres que también podían caer... y seguir abrazando la vida.
El cuento fue leído, compartido, comentado.
Pero esta vez, Camila no se dejó arrastrar por los elogios. Supo que el verdadero valor estaba en haber sido testigo de algo puro, algo que no
necesitaba reconocimiento para existir.
Y en el jardín de aquella casa perdida entre cerros y ríos, Lucecita seguía dibujando, ajena al revuelo, con los pies descalzos y la mirada puesta en un árbol que empezaba a inclinarse suavemente, como si también él, quisiera descansar.
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Autores
Nuria de Espinosa (España)
Beto Brom (Israel)
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*Imágen de la WEB c/texto anexado
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Comentario
Magnifica obra, felicitaciones, shalom amigos
RED DE INTELECTUALES, DEDICADOS A LA LITERATURA Y EL ARTE. DESDE VENEZUELA, FUENTE DE INTELECTUALES, ARTISTAS Y POETAS, PARA EL MUNDO
Ando revisando cada texto para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.
Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.
http://organizacionmundialdeescritores.ning.com/
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